Construyo con las lenguas que hablaban nuestras madres
con sus voces de agua en el verano adormecido,
aunque soñando en juegos, miré tantas veces adelante
no me ví, no esperaba a un hombre.
Yo era un brote vivo,
una marea creciente húmeda y oscura
un reflejado del río, un descalzo, un trepasauces.
Tenía la savia y el placer demente hirviendo
ese brillo que otorga reinar bajo la luna.
A veces era tanto, ese cielo tan inmenso
que no entraba en la sonrisa, no alcanzaba,
entonces me seguía por el aire
en bandadas de jilgueros y gorriones
en amigos salvajes perfectos llenos de luz.
Nada era prohibido, nada era prohibido
ni la muerte ni jugar a la escondida
ni burlarnos a escondidas de la muerte
en un jardín abierto a lluvias.
Escaparnos del recreo
y perseguir tigres moribundos
con los pies hundidos en la piel del pueblo.
Construyo con las lenguas que hablaban nuestro padres
con sus voces de madera en los oficios viejos,
nos criaron tambien sus manos y sus callos,
mientras los ancianos del mimbre se morían
suavemente
con los rostros mansos.
Yo era un brote, un trepasauces,
ansiaba alcanzar ese aire transparente
azul enorme como el ojo de un Dios dulce y lastimado
alcanzarlo y arder como una antorcha.
No puedo definirlo y eso dice
que construyo desde allí,
y pienso y pienso y pienso en ésto:
Caminar embarrado por negros terraplenes
con las nubes de tormenta como escolta
compartiendo un cigarrillo con hermanos.
Ellos que jamás se han ido
me llaman todavía jugando entre los muelles.

A mi infancia en Dique Luján, todos los hechizos de mi sangre, se los debo.
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