E*L H*E*R*V*I*D*E*R*O

Salón de té para zombies modernos

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3.11.09

Los seis juguetes de Gaumont





Odiamos a Padre.
Padre tiene un instrumento de tortura medieval escondido en el sótano de nuestra casa. Se trata de un viejo artilugio de madera que se parece bastante a un asiento de dentista, pero que además está lleno de poleas, ganchos y abrazaderas de hierro. De los extremos del aparato cuelgan unas cintas de cuero que sirven para sujetar un cuerpo de las muñecas y tobillos y forzarlo a las posiciones más increíbles que se te puedan ocurrir.
Mis hermanos y yo lo apodamos “El Predicador”, y por supuesto, le tenemos el suficiente respeto como para no acercarnos demasiado. Cuando uno se detiene a contemplar al Predicador es fácil imaginarlo en su época de mayor esplendor, haciendo el trabajo sucio. Trasformando a sus víctimas en sanguinolentos despojos, con la carne amoratada, la piel sucia y atravesada por ríos de sudor y los rostros desfigurados por la agonía.
Además, El Predicador está embrujado. A ciertas horas de la noche, si uno afina el oído, se pueden escuchar las voces. A veces, solo son susurros disfrazados entre los ruidos del bosque, pero en ocasiones son gritos atronadores. Aullidos de tormento clamando a Dios o a Satanás, mientras el verdugo redobla la fuerza de su faena con torniquetes y palancas. Es algo que te crispa los nervios.

Conocemos bien a Padre y sabemos que el Predicador es su juguete secreto. Padre fue quien embrujó al Predicador y el Predicador fue quien embrujó a Padre.
Al principio, como con muchos otros objetos antiguos, se trató solo de un capricho, una pequeña excentricidad de coleccionista, pero con el tiempo se convirtió en una obsesión. Como una criatura en cuarentena, comenzó a pasar cada vez más tiempo en el sótano, lo escuchábamos a través de la trampa de madera, rezando en voz alta una jerga absurda que nadie podía descifrar y que casi siempre era preludio de alguna crueldad nueva. Poco a poco el Predicador se fue erigiendo como la verdadera voz de la conciencia de Padre, y su locura fue creciendo hasta que fue demasiado tarde para todos.
La verdad es que no solo odiamos a padre, lo aborrecemos.
Pero él nos ha enseñado que el miedo es más fuerte que el odio. El nos ha enseñado eso de muchas maneras distintas. Nos ha causado tanto daño, tanto dolor, que parece reservarnos con vida solo para algún misterioso plan de dominación y tortura. Un verdugo cruel esperando el momento oportuno para mostrarnos la verdadera medida del dolor.

Estamos enfermos. Mis hermanos y yo. Padecemos una rara peste que nos afecta la piel y estamos pudriéndonos día a día.
Estamos tristes, desesperados, con miedo. Ayer fue un día espantoso; Clara fue castigada por quejarse de noche, entonces Padre perdió los estribos y la llevó al sótano. Luego la sujetó en El Predicador y tiró y tiró hasta que le arrancó una pata. El jirón de piel que la sostenía se estiró como si fuese un elástico. Clara gritó de dolor, luego lloró un poco, pero se compuso enseguida, después juró que nunca más volvería a llorar.¡Jamás!.

A mi lo que más me preocupa son estas costras, por las noches me pican como el diablo, pero Padre dijo que debía controlar el impulso de rascarme o me colgaría del techo. Yo sé que lo haría. Obedezco todo lo que puedo. Eso es fácil de día, pero por las noches cuando lo único que se puede hacer es pensar, yo tiemblo como una hoja tratando de no sentir la picazón. Casi siempre termino cediendo, acariciando los bordes de mis lastimaduras, mordiéndome los labios. Se siente un ardor desagradable pero después el alivio es tan intenso que vale la pena. Me rasco hasta sacarme los pedazos, sin importar lo que sobrevendrá. Rascarme significa liberarme, me hace olvidar de los malos episodios de la tarde, de la dura disciplina, de las duchas frías, de los golpes. Me pasa que cuando empiezo a rascarme no puedo detenerme, levanto los cascarones de sangre seca, los despego de mi cuerpo y los observo a contraluz, no sé si me siento feliz pero debe ser lo más cercano que se puede estar de serlo. Sé que a Padre no le va a gustar nada. Me llevo una cáscara a la boca y la mastico satisfecho, paladeo mi propia sangre seca y sonrío. Antes de dormirme puedo sentir las telas húmedas pegoteándose a mi cuerpo, la sangre nueva que mañana volverá a ser costra y renovará el ciclo de castigos y así.

Esta mañana las cosas tomaron un rumbo diferente, apenas había despertado cuando escuché un fuerte portazo dentro de la casa, luego la voz de Padre se elevó en un rugido que me hizo temer lo peor. Había otras personas con él, dos voces desconocidas que discutían entre ellas. Miré a mis hermanos y los vi a todos ellos acurrucados en un rincón del cuarto, cada uno con sus ocho ojos negros abiertos de par en par.
—¡Viene por nosotros, Caín!¡Viene por nosotros y nos va a matar a todos!
—¡Ssssshhhh!...eso no va a pasar —dije.
—¿Que te hace pensar que no? El tipo de la feria le dijo a Padre que no podía presentarnos en público, que éramos una aberración. ¡No quiso saber nada con nosotros! Y ayer vi como Padre cargaba la escopeta y la escondía en el armario.
Frustrado miré a los demás, La Tarántula estaba aterrada, el olor que manaba de ella era nauseabundo, trepó por la pared y trató de arrancar algunas tablas flojas del techo, sus patas delanteras se movían frenéticamente.
El Pardo trepó y se acercó a La Tarántula con ese lento andar que lo caracterizaba, su cefalotórax temblaba y se agitaba en pequeños espasmos.
—No podemos escapar por ahí, hermana. La única salida es por la puerta. Si no lo enfrentamos ahora, va a ser nuestro fin.
—Tiene razón, Caín.¡Tenemos que pensar rápido! —Clara se refregó la cabeza con dos patas peludas.
Las voces de los intrusos sonaban en el corredor, pero Padre aún estaba en la sala, lo oíamos revolviendo los muebles y dando portazos mientras murmuraba juramentos y maldiciones. Se oyeron ruidos de vidrios rotos contra el piso de madera.
Viuda me miró con su media cara humana.
—¿Qué podemos hacer?
No llegué a contestarle, los dos desconocidos estaban frente a la puerta de nuestra madriguera. Sus palabras se oían nerviosas y entrecortadas, como pistoletazos.
—¿Será cierto lo que dicen en el pueblo? ¿Qué se parecen más a insectos que a personas? Mi abuela me contaba esas historias cuando era chico. Para que obedeciera. Me decía:“tené mucho cuidado, Tavito, porque te van a agarrar las arañas del viejo Gaumont y te van a chupar la savia como si fueras un grillo”.
—¿Y cómo carajo voy a saberlo? Jamás los vi. Ahora, dejá de hablar pavadas y cubrime la espalda que voy a echar un vistazo. ¡Sacále el seguro te digo, pedazo de idiota!
El picaporte giró y cuando se abrió la puerta vimos que una cabeza se asomaba con cautela. El desconocido se quedó un segundo entornando los ojos para escrutar en la penumbra, y por suerte eso fue todo lo que necesitó Clara para decidirse. Repentinamente saltó encima del ángulo de la puerta, se sujetó con las patas traseras y colgó cabeza abajo hasta que su rostro quedó justo enfrente del rostro del extraño. No le dio tiempo a gritar, sus colmillos inyectaron el veneno suficiente cómo para aniquilar a un potrillo. El hombre largó una especie de queja y se desplomó con los ojos desorbitados.

Nos precipitamos al pasillo sin pensarlo dos veces, La Tarántula y Clara arrastrándose por el techo, el Pardo y Viuda por las paredes, yo por el suelo. El segundo hombre nos vio y permaneció con la espalda pegada al empapelado cómo si quisiera fundirse con la casa. Tenía un arma en sus manos pero apuntaba hacia abajo, su mirada estaba desenfocada y un hilo de saliva le caía desde la boca. Cuando pasamos frente a él nos dimos cuenta que se había meado en los pantalones.
Antes de llegar a la sala, la figura de Padre se atravesó en mitad del pasillo y nos cortó el paso. Nos encañonaba con una escopeta de grueso calibre y tenía un fuego de odio en los ojos que no le habíamos visto nunca antes. Nos detuvimos en seco, sin saber que hacer ni para donde escapar. Padre siseó un insulto a través de los dientes y seguidamente disparó contra nosotros. El Pardo chilló y se desprendió de la pared, cayó al piso con un golpe sordo, con el cuerpo humeando. Una sustancia blancuzca empezó a manar de la herida, se acurrucó a mi lado y agitó dos o tres veces sus largas y peludas patas en rápidas convulsiones. Su muerte fue piadosa.

Ante la muerte de nuestro hermano enloquecimos todos. Sin pensar en lo que estábamos haciendo, nos abalanzamos contra Padre aullando cómo monstruos. En realidad fue bastante fácil derribarlo, Viuda fue la primera en caer sobre él y la primera en picarlo, no una dosis fatal, solo lo necesario para dejarlo fuera de combate. La ponzoña de una viuda negra es la cosa más terrible que puede existir, cuando el veneno entra en el cuerpo provoca espantosos dolores, y luego el infectado pierde la conciencia, penetra en un oscuro sopor nublado de pesadillas que lo atormentan sin tregua. La supervivencia dependerá de la cantidad de toxina inoculada y de la fortaleza de la víctima.

Cuando salimos de la casa nos azotó la claridad. Debíamos encontrar un refugio de aquella inconcebible fuente de luz que colgaba del cielo.
Siempre fuimos seres lucífugos.
No fue fácil arrastrar el pesado cuerpo de Padre a lo largo del pueblo, en medio de tanta luz y personas extrañas que gritaban y corrían en todas direcciones.

Cerca de mediodía La Tarántula encontró lo que estábamos buscando, un viejo puente abandonado en medio de una zona boscosa. Un lugar hermoso y tranquilo. Decidimos quedarnos un tiempo debajo del puente hasta que las cosas en el pueblo se tranquilicen.
Por primera vez en toda nuestra miserable existencia tenemos una esperanza, y vamos a defenderla hasta las últimas consecuencias.
Por el momento no nos preocupamos por conseguir alimentos. Padre cuelga como un péndulo de las vigas del puente. Se ve algo estropeado y reseco pero todavía le queda algo de jugo.
Ya veremos que hacer cuando comencemos a sentir hambre.






Teno.

Versión revisada y corregida 02/10/09

2.11.09

Artrópodo


Tocaba con los tímpanos el dorso de escaleras
en las cuatro dimensiones de vidrio,
la lluvia era más verde que los xilofones de Pan
y dulcificaba la tierra y las estrellas gemían.

Nada de eso era importante entonces,
cuando las bastas naves cóncavas del asombro
albergaban tanta dicha y tanta savia y alimento.

A mi propio paso de hiedra silenciosa
veloz como resina las ninfas me besaban
a veces me quedaba quieto entre las flores
para ver crecer pequeños soles en pétalos y gemas.

Amaba lo cromático en acrílico y madera
desde donde cada Dios yo era
anomalía de mi mismo en acrílico y madera.

Nada de eso era importante entonces,
el suelo boca abajo colgando desde un puente
hamacas en el viento entonando mis canciones.






)O(

Si alguna vez un pájaro se hace ventana

El cordón umbilical de la vereda tiembla por las noches,
desde arriba,
la ruina frágil abandona su nombre.

La suave máquina de mirar se parte en miles
de pardo escurridizo crujiente de fuego.

Ahora es oro de sombra
huella falsa pequeña perdida
en la huella negra de los días.

Si nadie lo molesta se quedará a vivir ahí
entre el sonido y los colores
donde todo el calor del aire lo levante.

Nada es cosa que duerme,
su vuelo derramado llueve
con demasiado amor.

Si alguna vez un pájaro se hace ventana
o es cosa que muere en tu camino,
entenderías.

Nada abrigará tus ojos así,
en la frialdad celeste.

El cielo entero cáscara rota
o una cuna vacía
y sin embargoAlineación al centroalgo sin culpa se habrá soñado a si mismo.






31.10.09

Finalmente


Construyo con las lenguas que hablaban nuestras madres
con sus voces de agua en el verano adormecido,
aunque soñando en juegos, miré tantas veces adelante
no me ví, no esperaba a un hombre.

Yo era un brote vivo,
una marea creciente húmeda y oscura
un reflejado del río, un descalzo, un trepasauces.
Tenía la savia y el placer demente hirviendo
ese brillo que otorga reinar bajo la luna.

A veces era tanto, ese cielo tan inmenso
que no entraba en la sonrisa, no alcanzaba,
entonces me seguía por el aire
en bandadas de jilgueros y gorriones
en amigos salvajes perfectos llenos de luz.

Nada era prohibido, nada era prohibido
ni la muerte ni jugar a la escondida
ni burlarnos a escondidas de la muerte
en un jardín abierto a lluvias.
Escaparnos del recreo
y perseguir tigres moribundos
con los pies hundidos en la piel del pueblo.

Construyo con las lenguas que hablaban nuestro padres
con sus voces de madera en los oficios viejos,
nos criaron tambien sus manos y sus callos,
mientras los ancianos del mimbre se morían
suavemente
con los rostros mansos.

Yo era un brote, un trepasauces,
ansiaba alcanzar ese aire transparente
azul enorme como el ojo de un Dios dulce y lastimado
alcanzarlo y arder como una antorcha.

No puedo definirlo y eso dice
que construyo desde allí,
y pienso y pienso y pienso en ésto:
Caminar embarrado por negros terraplenes
con las nubes de tormenta como escolta
compartiendo un cigarrillo con hermanos.
Ellos que jamás se han ido
me llaman todavía jugando entre los muelles.




A mi infancia en Dique Luján, todos los hechizos de mi sangre, se los debo.

1.10.09

Fase 1: La desintegración del concepto-Borges

Bajo el tinglado de los barrios,
somos hienas de papel esparcidas en la mugre,
las estepas del espacio en blanco
entre tus líneas
nos distancian en el cosmos como nunca antes.

Vos nos intuías,
te cagabas en las patas al no poder nombrarnos.

¿Qué oro, de qué tigres?

Le ponías ese acento romo a todo,
como una pija flácida habitando en los despachos
de lo breve y elevado.

Nosotros, los manchones movedizos,
Nosotros, los paredones grises.

En las arrugas santas de tu frente
cavamos las trincheras.

Nosotros, la escritura sin contexto.
Nosotros, la pupila ensangrentada.

Veníamos del aire,
del oxígeno quemado
como las semillas de los pájaros del odio
de los ejércitos de Urano.

Nosotros, los nervios del oído.

¡NOSOTROS!
¡NOSOTROS!
¡NOSOTROS!

Los miembros del jurado.

Cuando te caíste del enjambre,
algunos de nosotros sonreímos,
hiciste el mismo ruido que una piedra en un estanque.

Nosotros,
te chupamos la médula del verbo
y la escupimos en el eco de tu nombre.

Nunca lo alcanzaste.

No tuviste nada entre las manos,
ni el orgasmo de la luz y las siluetas
ni siquiera el hambre y la desgracia,
te fue dada,
la conjunción del alma y la sospecha,
esa cosa de carne malgastada.

Por nosotros.

30.9.09

MANIFIESTO ESCOLOPENDRA

La capacidad humana de disponer del asombro, motor último de la inspiración y por lo tanto de la creación, entendimiento y divulgación del arte, se ha visto atropellado por el
caudal de información y estímulos resultante de esta nueva era de comunicaciones.
La sociedad de hoy en día sufre lo que se podría llamar un embotamiento emocional que no solo aleja a mujeres y hombres de su propia naturaleza creativa sino que los convierte en un mero instrumento del comercio, los degrada a ganado de la propaganda, susceptibles a los grandes dogmas impuestos por las empresas y estados y en donde impera el mandato de un consumismo ciego e indiscriminado.
El mensaje que destila la sociedad tal cual la conocemos; todo lo que hacemos, pensamos, vemos, tocamos, vestimos y comemos pareciera decirnos: Primero compro; luego existo.
Las condiciones que establecen que un individuo sea reconocido como ciudadano, es decir, aceptado socialmente, se resumen en gran parte en su capacidad de consumo. Esto último no es nuevo, desde el amanecer de la civilización, el status social se ha dado principalmente por la acumulación de riquezas, pero lo que surge en contraste hoy en día es la incapacidad de señalarlo como causante principal de todos los males que nos aquejan.
La ambición de poder y riqueza es una aberración ipso facto.
El daño que provocan esos focos de poder sobre todas las cosas que nos rodean es proporcional al egoísmo inculcado por la falsa idea de progreso.
Existe un bombardeo intensivo y perverso de los sentidos a la que nos someten los medios de comunicación con el único propósito de conseguir un vaciamiento intelectual masivo.
Propósito que se ha conseguido con creces.
En resumidas cuentas, se obtiene que no solo los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres, sino que tanto unos como otros se reafirman cada vez más como idiotas clínicos sin capacidad de reflexión. Ambos grupos conforman un circuito simbiótico en donde los primeros se establecen como parásitos de los segundos, cosa aceptada como orden natural o simplemente no percibida en absoluto.

Nacidos de la aversión de esta conciencia, señalamos el objeto del arte como vehículo, no solo para denunciar y aborrecer los mecanismos establecidos sino como oportunidad de manifestar una corriente única y diversa dentro del pensamiento colectivo.
Sin intención de caer en dogmas o sectas del discursillo político clásico, alentamos a la libre expresión, a lo políticamente incorrecto, a la persecución de la obra de arte como medio liberador de conciencias, a la fuerza creadora inherente a cada uno de nosotros y que nos reivindica como seres vivos.
Nuestra idea primaria, urgente y vital; despertar a los indiferentes, movilizar a los apáticos, generar un sentimiento de grupo en lucha común contra un sistema que asfixia y elimina a las verdaderas mentes creativas.
Para lograr esto creemos necesario reunir exponentes de la verdadera libre expresión, personas que coloquen sus prioridades en lo auténtico.
El Movimiento Escolopendra propone un cambio en las costumbres, un desafío de orden sensitivo, colocar la belleza y la fealdad en igualdad moral, emplear el humor no ya como escudo sino como arma, recurrir al shock discursivo para invertir los argumentos de siempre, arrancar la poesía del acartonamiento cobarde y chato en la que anida. Despojar a los mal llamados genios de la literatura de su podio eterno.
Descreer de los consagrados del arte socialmente aceptado.
Crear un frente real de contra pensadores, derrocar a los viejos para dejarle la página en blanco a los nuevos.
La palabra es un campo de batalla.
La palabra es la semilla para conceptos nuevos.
Para abrir los ojos.
Para dejar de tener miedo.
Para superarse de una vez por todas.





Tenia Saginata
30-9-09

19.8.09

Dentro de las pistas del aire podrido

La ley que establece éste lenguaje se invalida
para que el paladar de madera no se llame ataúd
y su muerto no sea solo eso;
propiedad del atraso del tiempo y la intemperie,
y empuje de una vez por todas
como una lengua hinchada y puntiaguda,
amorfos sistemas, maquinarias del verbo
rajaduras nuevas a este cielo.

Pobre animal arrastrando el vientre preñado
en calzadas de piedra y huella de lastre por fangales,
las negras tipas y las dueñas del látigo y la rabia
apuñalando el premio con las uñas de los celos.

Los dedos crispados se establecen en lo alto,
esperan trascurrir la seda de algún viento
y luego lo desgarran,
pero cuanto más alto viaja ese sonido
a trepar el hueso como un gato herido
el grito penetrante engendrará mañana
ruinas asesinas
a las que llamaremos a comer.

Rayos de t.v sobre cien millones de pupilas,
la prótesis de toda propaganda
no necesita mártires ni espejos.

La gran revolución tampoco fue posible,
La sangre que aullaba disgusto en el oído
nunca se dispuso a claudicar por una causa.

6.8.09









30.6.09

Mensaje urgente para la Madre Roma




El brazo mecánico del sepulturero arrojó el último cadáver a la fosa y comenzó a cubrir los restos con paladas uniformes y rítmicas. Observando al robot bajo la fría y persistente lluvia de agosto, el sacerdote se preguntó por enésima vez si valía la pena continuar con su trabajo allí. Un relámpago deslumbró por un momento su cavilar y levantó la vista hacia el cielo revuelto. Las nubes se amontonaban como sábanas sobre un fondo verde oscuro de extraña belleza.
A su manera, todo era extraño y bello en esas tierras desconocidas. Existía allí un factor de virginidad y pureza como no había visto en ningún otro planeta que le hubiera tocado convertir. Pero también en todo lo puro, pensó el sacerdote, en todo lo intacto, en todo lo inocente, habitaba la semilla de lo salvaje. Y lo salvaje era un sinónimo de malignidad que debía ser erradicado. La Iglesia lo había enviado allí con una misión tan precisa como sagrada. Por lo tanto, no debía cuestionarse.
Se sacudió el agua del sombrero y caminó con paso resuelto por entre las fosas recién cubiertas. El cementerio se había improvisado en la cima de una colina boscosa al norte del poblado, en un lugar discreto y alejado de las miradas suspicaces. Una vez liberado, el Virus se propagaba a la velocidad de la luz, convirtiendo a aquellos que estuvieran preparados para abrazar la Fe y lisiando o matando a los que no. Era un sistema perfecto que se venía usando desde los cambios introducidos por el Papa Raddán Segundo y que le había reportado a la Madre Roma más de setecientos planetas fieles y libres. Gracias al Virus se habían terminado las guerras. La última de ellas, iniciada por la Humanidad contra una raza llamada Neo-Farisea, fue una absurda concatenación de crueldades que duró más de cincuenta años, pero según los libros de historia, ya habían trascurrido tres siglos desde entonces.
Tres siglos de paz que cubrieron como un manto a todos los planetas conocidos. Y la Madre Roma continuó creciendo, propagando la Fe por todos los rincones del Universo tal cual como se anunciaba en el Libro Primero.
El sacerdote descendió por un serpenteante caminito de piedra en dirección al pueblo, llegó al recodo de un arroyo y se levantó decorosamente la sotana para elegir que piedras pisar y cuales no. La lluvia se había convertido en una fina llovizna, y sobre el oeste, sobre un horizonte gris verdoso, un pequeño sol descendía sobre los árboles como una deidad moribunda.
En este planeta las cosas habían resultado diferentes, se dijo el sacerdote, o para expresarlo mejor: Las cosas no habían resultado en lo absoluto.
La mortandad de los ancianos era esperable, al iniciar la primer fase de conversión, por lo general, eran ellos los primeros en morir. No era extraño que el Virus se ensañara con esos cuerpos malgastados y débiles, y aunque también había excepciones, toda una vida de oscuridad y paganismo se pagaba caro. Sin embargo, para éstos desgraciados no se trató de una muerte inocua y silenciosa, sino horrible. Levantaron fiebre, fueron presa de calambres, sus cuerpos se cubrieron de manchas rojas, luego las manchas se trasformaron en llagas y las llagas en pústulas. Los agonizantes murieron dando alaridos, en medio de convulsiones y vómitos, con los ojos abiertos como platos y los dedos crispados.
Por más que le diera vueltas, no conseguía comprenderlo. Había respetado el procedimiento al pie de la letra: Uno; aterrizar la Catedral en donde se detectara la mayor concentración de habitantes. Dos; atraer a los curiosos con la exhibición de los mártires de ectoplasma. Tres; liberar el Virus.
El sacerdote adoptó una expresión mortificada.
Como dando respuestas a sus inquietudes, un objeto blanco y luminoso llegó aleteando desde la bruma gris y se posó en su hombro.
—Ah. Espíritu 55, eres tú. ¿Cuáles son las novedades?
El pájaro abrió el pico y desde su interior brotó una granulosa voz de gramófono.
—Las novedades son muchas y no muy alentadoras, Padre Jacob. Según los análisis enviados al templo Lunar, el Virus ha mutado y se ha trasformado en un émulo de la viruela particularmente letal. En el sector Noroeste, el índice de mortandad ha subido hasta el setenta por ciento. Además de los ancianos, pobladores adultos y fuertes han presentado los mismos síntomas y han muerto. También han perecido cientos de niños, por lo que debemos inferir que ésta nueva cepa acabará con todos los portadores.
El sacerdote suspiró.
—¿Y qué hay de las demás Catedrales? ¿Sucede lo mismo en el continente del Sur?
—Hemos perdido el contacto con el Padre Sacarías, pero el último reporte indicaba que sí. El resultado es invariable en todo el planeta.
—Eso quiere decir que hemos condenado sin remedio a esta gente, no solo los hemos infectado sino que les hemos negado la posibilidad de salvar sus almas.
—Dios trabaja de modo misterioso, Padre Jacob. La Madre Roma ya está informada de la situación, asimismo se le ordena permanecer en el planeta hasta nuevo aviso.
—¿Pero es que no comprenden la gravedad del problema? Debemos detener la propagación del Virus. Si todo infectado indefectiblemente muere, ¿qué es lo que estamos haciendo?
—La Fe no debe cuestionarse, Padre. Cuide sus palabras antes que se arrepienta. Recuerde que se le ha otorgado un importante privilegio al permitírsele venir a este planeta. El pájaro torció la cabeza y contempló a su interlocutor con un diminuto ojo de cristal de mica coloreado en ámbar. Todo lo que el hombre dijera quedaría grabado para su posterior análisis.
—Que así sea —respondió secamente el sacerdote.
—Que así sea —el ave levantó vuelo tan ligeramente como si nunca hubiera estado en su hombro. El sacerdote lo observó perderse entre las nubes para continuar con sus exploraciones y registros, no sin un atisbo de envidia.
La noche empezaba a anunciarse y un frío que calaba hondo lo alentó a recluirse en la sacristía de la nave. Apuró el paso y atravesó el claro que separaba el arroyo del poblado con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el barro.
El pueblo no tenía nombre, era una simple aglomeración de casas de madera y piedra con techos de paja alternadas con establos, corrales y cobertizos, más o menos en hilera a cada lado de una calle principal. Más allá no había más que chozas y cabañas desperdigadas sin orden ni concierto, en donde los animales convivían con los lugareños casi en las mismas condiciones de higiene y desarrollo. Al final de este nudo agrícola semiprimitivo, junto a un sendero que se perdía en un bosque de pinos, el sacerdote había plantado la Catedral. La nave se erguía imponente por encima de todo con sus arbotantes encogidos como las patas de un insecto y sus torres arañando el cielo como dos agujas.
—Bendita sea tu impronta —murmuró, y las mismas palabras actuaron como un bálsamo para su espíritu intranquilo. Buscó el crucifijo que colgaba de su cuello y lo besó.
Más adelante, divisó un bulto amparado bajo la sombra de un alero, una silueta envuelta en harapos que se sacudía por la tos y que temblaba como una hoja. Espoleado por la curiosidad, se acercó y procuró hablar en la tosca lengua del lugar.
—Hermano, ¿qué haces aquí afuera, expuesto al castigo del frío y la lluvia?
El hombre se descubrió un rostro deformado por las llagas y aferró la sotana del sacerdote con dos manos fuertes como tenazas.
—¡Maldito sea —escupió—, maldito sea para siempre por el daño que nos ha hecho! ¡Usted y su iglesia infernal han asesinado a mi familia! ¡Ojalá que se pudran!... ¡Ojalá que...
Un fogonazo iluminó por un instante a los dos hombres. Cayeron al barro entrelazados en un confuso abrazo. Luego, muy despacio, el sacerdote empujó el cuerpo inerte y se incorporó con los ojos desorbitados. Un pequeño crucifax desapareció, todavía humeante, en el bolsillo de la sotana.
El sacerdote corrió hacia la Catedral. Estaba sucio, embarrado, de la misma manera que su alma. Lo que había hecho era aberrante. No quedaba fuera de lo aceptable para un mensajero Romano en un planeta desconocido, hostil, pero era la primera vez que mataba a un hombre, y su desesperación era, por encima de todo, irracional.
Llegó chapoteando a los escalones y dejó huellas de barro al subir por el blanco mármol. Las puertas se abrieron para dejarlo pasar. Cruzó la nave central hacia el presbiterio y sus gemidos retumbaron en las altas bóvedas ornamentadas. Tropezó, avanzó a los tumbos como un borracho, hacia el Gran Sacrificado que colgaba de una enorme cruz de cromo.
Finalmente se arrodilló.
—Perdóname, Padre, porque he pecado.
Se oyó un click, y una monótona música de organillo rebotó por los rincones de la Catedral.
El Gran Sacrificado levantó su plateada cabeza y miró al sacerdote.
—Sé lo que has hecho, Jacob. No debes preocuparte.
El sacerdote parpadeó.
— Pero... ¿qué... ?
—El nativo te atacó cuando intentabas ayudarlo. ¿Por qué te mortificas así?
—Es que he matado a un hombre.
—Los hombres se matan entre sí desde el principio de los tiempos, y que hay con eso. ¿Acaso no cuelgo yo mismo de una cruz?
—Lo siento mi Señor... yo esperaba... es que no comprendo...
El Gran Sacrificado torció los labios y sonrió con indulgencia.
—Pero lo comprenderás, Jacob. Has hecho bien tu trabajo, y tu trabajo forma parte de un plan más grande. Ahora déjame descansar, por favor.
—Pero, Señor... yo...
El rostro de plata cerró los ojos y bajó la cabeza hasta quedar en la misma posición original. La música se fué apagando en un patético fade out y todo volvió a quedar en silencio. El sacerdote se sintió abatido. Hasta el momento, siempre que había recurrido al Cromo Deux, sus angustias habían sido disipadas como por arte de magia. Pero ahora que su dolor era concreto, las respuestas del Gran Sacrificado le habían parecido vacías y carentes de emoción.
Luego de unos cuantos minutos se levantó y se dirigió hacia el coro, en el otro extremo de la nave, si había alguien que podía aliviar su dolor era el hermano Figueroa. El único ser humano que había viajado con él aparte de la legión de robots y cerebros interconectados que controlaban la Catedral.
El hermano Figueroa se encontraba sentado en uno de los bancos de madera, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en los intrincados frescos de la bóveda lateral. Su expresión era la de un mártir que ha alcanzado el éxtasis, pero el sacerdote no se dejó engañar. Figueroa era un convertido, y por lo tanto, lo que muchos confundían con reconcentrada meditación era simplemente un estado continuo de babia y fantasías infantiles infundadas por el Virus.
—Hermano Figueroa, necesito que me tome la confesión ahora mismo.
Figueroa lo miró con extrañeza. Salvo para amonestarlo por su incompetencia, u ordenarle tareas operativas, el Padre Jacob rara vez lo solicitaba con tanta urgencia.
—Por supuesto, Padre.
—Muy bien. Esto es lo que tengo que confesar... hoy he asesinado a un hombre. Sé que ha sido un acto de cobardía, y sé que no debería haberlo hecho después de mi larga preparación, pero me asusté... su rostro estaba... pensé que quería... ¡no sé lo que pensé!. Ahora siento que debo pagar por ese pecado. Necesito hacerlo y estar en paz con Dios, Hermano.
Figueroa tenía los ojos abiertos de par en par, pero no emitió sonido.
El sacerdote lo miró y frunció el entrecejo.
—¿Que le pasa?
Figueroa balbuceó unas palabras inaudibles y luego movió la cabeza de un lado a otro. Su mirada era la de un niño al que acababan de imponerle una severa reprimenda.
—Hermano Figueroa, le solicito que me adjudique un castigo. No, no se lo solicito: ¡Se lo ordeno!.
El sacerdote estaba intentando no entrar en cólera pero al ver que el diácono empezaba a verter gruesas lágrimas no pudo evitarlo.
—¡Es usted un inútil y un llorón!.
Se levantó y se dirigió a su claustro dando largas zancadas y agitando los brazos.
Esa noche durmió mal. Tuvo fiebre y cayó en una nebulosa de pesadillas en donde el mismo hombre cubierto de llagas se le venía encima una y otra vez. Su aliento era fétido como una tumba y en el brillo de sus ojos podía leerse un odio profundo como los infiernos estelares. "Ojalá que se pudran... Ojalá que se pudran... Que se pudran"
Despertó a la madrugada cubierto de sudor y con los miembros agarrotados. A duras penas consiguió lavarse la cara. El contacto con el agua fría le provocó una marea de náuseas tan intensa que se le doblaron las piernas. Vomitó largo rato en el cubículo de los desperdicios, con un hilo de baba amarillenta y espesa cayendo desde la barbilla. Más tarde se calzó las botas, se envolvió con una manta y caminó pesadamente por la nave central. A sus espaldas, clavado a la enorme cruz de cromo, el Gran Sacrificado continuaba durmiendo con el mentón apoyado sobre su pecho de plata.
El sacerdote le dirigió una mirada torva, pero no se detuvo. Llegó a una de las enormes columnas centrales y subió los peldaños de piedra que se enroscaban como un caracol hasta el recinto del clavicordio. Resoplando a causa del esfuerzo, se sentó en el taburete y tocó las teclas del instrumento. La música brotó por los tubos y atronó como un vendaval dentro de la Catedral vacía. Cada nota fue recogida por los complejos oídos de Los Apóstoles; las doce estatuas receptoras encargadas de codificar y enviar todos los mensajes a Roma. Una de las gárgolas de la cúpula exterior torció la cabeza para captar mejor la música y tradujo el mensaje a sus compañeras con el ceño fruncido: "Habla el Padre Jacob N. Cradford. Nebulosa del Desierto. Planeta 745. Hemisferio norte. Sector 62. Algo ha salido mal en la conversión del planeta. El Virus ha mutado en una rara cepa de viruela y todos los infectados están muriendo. Solicito el envío inmediato del antídoto o de lo contrario la misma Iglesia será causante de un nuevo holocausto. Aún no es tarde... repito, aún no es tarde. Todavía hay tiempo de revertirlo".
—Está loco si espera una respuesta de Roma —dijo otra de las gárgolas..
—Claro que lo está —respondió una tercera— .¿Acaso no has oído la melodía? ¿Todas esas notas discordantes?
Cerca del mediodía, el Sacerdote comenzó a tiritar. Débil como un anciano, dejó el clavicordio y descendió las escaleras. Enfiló hacia la pequeña capilla, pero a mitad de camino cambió de dirección. Necesitaba todo el aire fresco que pudieran absorber sus pulmones. El cuerpo había comenzado a dolerle de una manera continua y feroz.
Las puertas de la Catedral se abrieron para dejarlo salir y un remolino de hojarasca ejecutó una pequeña danza sobre sus botas embarradas.
Era un día espléndido, un cielo verde y cristalino se desplegaba como un campo colosal, como la obra más contundente de un Dios vivo y bondadoso. El poblado y el bosque sin embargo, eran una amalgama de silencio sepulcral.
Parado en mitad de la escalinata, el sacerdote se miró las palmas de las manos y parpadeó.
Le llevó casi un minuto asimilar la ironía. Luego, con dedos temblorosos, se arrancó el crucifijo y lo arrojó lejos.
Las llagas sangrantes eran similares a las del Gran Crucificado, pero Jacob supo que se trataba de algo más amargo.



27-6-09.
Revisado el 7-8-09.

11.6.09

Notas 3

Jueves 11 junio.


Testimoniales: Cuando finalmente llega la bisagra.

El 9 de julio de 2006 resultó ser una apacible tarde de domingo, el sol brillaba, las aves migratorias migraban y los insectos caníbales se devoraban unos a otros. Solo por casualidad ese día también era el cumpleaños de mi cuñada, evento dado a festejarse por la tarde-tarde, donde se acentuaba la presencia de té, galletitas y torta de chocolate sin excluir la esperanza de alguna copita de guindado que mis suegros atesoraban generosamente en sus arcas licorarias. Perdido y manso en esas latitudes, recibo el llamado de un viejo amigo de trabajo invitándome a un partido de balón pie a unas pocas cuadras de mi casa.
Luego de reiteradas negativas de mi parte ( asumiendo que tengo tanta sangre futbolera como masa muscular un Maestro Yogui de la India ), fue tal vez mi novia la que me inclinó a aceptar alegando que había tiempo para todo y que un poco de ejercicio no podía perjudicarme.
Ingenuo yo. Inocente ella.
Acepté entonces, y mientras me calzaba unos ridículos pantalones cortos intentaba recordar como eran los movimientos básicos de ese misterio tan sagrado, ese ídolo de cuero redondo que era para unos lo que la calaverita de cristal para el elenco de Indiana Jones.
Llego a la carrera con el partido empezado y me meto en la cancha al grito de "¿para que lado pateo?"
y oportunamente la pelota se queda enredada en mis pies como un cachorro abandonado.
Caigo al suelo.
El pánico cede poco a poco.
El mismo juego lo obliga al menos pintado a pintarse.
Y entonces uno se pinta, o intenta pintarse bien pintado como un argentino echo y derecho, más zurdo que derecho en la sabiola, más derecho que zurdo en las patas. Torpe en todo el cuerpo, envestido en una especie de exoesqueleto no apto para cosas tan flexibles.
Los primeros cinco minutos fueron como la guerra de corea para mis pulmones ( apenas una semana atrás había renunciado a un feo hábito al que fui fiel por catorce años ) y mis piernas parecían gusanitos de gelatina. Recordé la última vez que había jugado a la pelota, y mi mente se remontó a Peñarol del Delta, partido inicial del torneo contra Club boca del Tigre, el DT me dió crédito como mediocampista pero para mi cerebro de mosquito de doce años, un mediocampista tenía que jugar de mojarrero, bien metido en el área chica, no correr demasiado, errar todos los pases, tirarla afuera, comerse goles de profecía, y entrar en off side cada vez que algun compañero iniciaba una jugada de peligro. Fue debut y despedida señores. Pero aprendí insultos que todavía recuerdo.
Ahora estaba otra vez en la arena romana, pero no como león sino como cristiano. Y como buen cristiano le pedí a Dios que me ayude.
A los veinte minutos de pesadilla, pareció que un ángel me quitaba un peso de encima y empezé a sentirme más liviano. Es lo que se llama cambiar el aire, me explicó la voz en off de mi propia desesperación. Me atreví con la gambeta y mi descaro funcionó, para sorpresa de todos, en una bizarra jugada quedo mano a mano con el arquero. La expectación convierte la escena en una secuencia de cámara lenta. Como cualquier profesional que se precie, cierro los ojos y pateo de puntín.
Muy a lo lejos, escucho a mis compañeros gritar la palabra Gooool!!.
Algunos me abrazan. Como el pibe de la película, yo solo veo gente muerta. Luego caigo en la cuenta de que el partido tiene vida propia, que es como un pulso, un torrente sanguíneo por donde trascurre la acción, y si uno se concentra lo suficiente puede adivinar por donde viene la jugada.
Me fui soltando, oh madre de todos los dioses. Mirenme, mirenme, estoy jugando, estoy jugando decentemente. Otra gambeta, otro gol. Dulce ambrosía. Esto es la gloria.
Como pude perdérmelo por tanto tiempo.
En donde tenía la cabeza?.
Y en esa cúspide de amor y revelación y gozo; sentí el golpe.
El gran hachazo.
Un dolor como nunca antes en la puta vida.
Mi tendón de aquiles ( ese mismo que convierte al simio en homo erectus ) se había cortado como si fuera el elástico de un calzoncillo viejo.
El resto es parte de otra historia.



*******

9.6.09

Notas 2

Martes 9 de Junio.

Esta mañana mientras viajo hacia el trabajo entre otros rumiantes hermanos, termino de encajar la pieza mental del gran mecano y decido empezar a transcribir este diario directamente a mi blog, o al foro de poesía urbana donde mis últimas participaciones han sido más bien lánguidas y descolgadas.
Un poco por la costumbre de compartir escritos, otro poco por el tacaño cuentagotas con que los desgrano ( y no porque me haga el snob sino porque sencillamente estoy oxidado y me enpantano por meses enteros ) me pareció una buena manera de matar dos pájaros de un gomerazo.
Creo que todos los ensayos y experimentos que uno pueda hacer en este terreno - Incluso los más patéticos y fallidos - son necesarios para alcanzar las ricas uvitas que la fucking zorra de la fábula no pudo.
( ¿por que carajo querría comer uvas una zorra? Es otra de las cosas que jamás sabremos )

Me voy por las ramas, siempre me pasa. Creo que mi mayor problema no como escritor, sino como persona, esas sutiles aglomeraciones de accidentes y caprichos que lo conforman a uno, ha sido siempre la poca constancia, y en algunos casos, directamente la nada en donde apoyo la cabeza y me quedo a vivir. Me cuesta definir el estado concreto, pero sería algo así como si un vidente observara que ...nah..... ni vale la pena contarlo.

Receta para arengar a las multitudes:
Un pie en la realidad, otro pie en la cáscara de banana cósmica, otro pie en la regordeta cara del conformismo capitalista. Esa fórmula aplicarla en todo.
Persistir en la idea hasta que llueva carne picada y se termine el hambre en el mundo y las moscas se vuelvan nubes zumbonas insoportables.

Quise decir una gran verdad pero dije una destellante...****Mentira***** . Un verdadero cartelito de Brodway.
Así quisiera ser siempre mi narrador ardilla pero pocas veces lo consigue. Las avellanas son una distracción para cualquier artista, y más si se trata de un roedor engreído.

Cuando quiero ser espontáneo me pongo racional y viceversa. Las mejores ocasiones fueron las menos artificiosas, me refiero a cuando conduje a miles de personas hacia el mar y luego les ordené nadar en dirección Sur - Sur Este hasta ahogarse. Fue casualidad. Estar en el lugar correcto en el momento correcto. Me sobró un infante de seis años ( A brand new huérfano ) que me persiguió con sus lágrimas por toda la desolada playa para que le diera explicaciones.
Que horrible fue golpearlo. Dios mío.

Odio que me den ganchos en el hígado. Es algo que detesto. Cuando alguien me lo hace, generalmente me doblo en dos y me quedo practicamente sin aire. Mis piernas se ablandan como si el titiritero atendiera una llamada urgente. Y lo peor de todo es esa sensación de ser agredido. De no importarle al otro en lo más mínimo.


Idea patentada 353515/6.

En algún momento, cuando me sienta con las feuras (sic)..necesarias, planeo apropiarme de otros poemas ( poemas de otros, compañeritos de salón de P.U ) y hacer collages y cagaditas y frankensteines de lo lindo.
Ojo, esto es una idea nada más,y como tal es perfectible y al mismo tiempo inexistente como cosa empírica.
Pero mía, mía, nebulares astro-gnomos!!!!



La metatextualidad es un recurso, pobrecita.

El asesino entró en la habitación y levantó la escopeta.
Lo oí acercarse y amartillar el arma a mis espaldas.
No me dí vuelta.
Que estás haciendo? Escribí.
Voy a matarte. Dijo.
Eso es absurdo. No podés matarme.
Por que no?
Tus movientos estan cifrados en mis dedos y en estas viejas teclas. Yo soy el narrador y determino la acción. Por eso.
Me divierte que lo digas.
Te divierte porque yo considero que así se le imprime más dramatismo a mi historia.
El asesino disparó y mi cabeza se convirtió en pulpa de tomate.
Luego, con desprecio, empujó mi cuerpo destrozado y se sentó frente a la máquina de escribir.
Este es el papel más imbécil que me han dado en toda mi vida. Escribió.


*****

11.5.09

Afuera no hay nada que el frío no toque


En esta casa nos quedamos
mis hermanos y yo,
o al menos nuestras sombras.

Al resto del mundo lo perdimos,
en un gran salón de baile,
fue una breve canción demasiado brillante
como para seguirla.

Yo cerré los ojos en otoño,
Mis hermanos, a finales del invierno.

En el círculo borroso de los días
ya nos hemos olvidado nuestros nombres.

En mitad de la garganta se nos muere,
la palabra que define
lo que queda de nosotros.

Tal vez por eso el silencio es un espejo
que llora lentamente en las paredes.

Hacemos de común acuerdo,
que la araña de la noche duerma afuera,
le dimos a ella los gramos de este miedo.

A veces cuando llueve, se derrama
la medusa azul cobalto enviada por el sueño.

Las tachaduras de un cuento en las cortinas,
que nos leía el viento.

El eco de un ladrido en las esquinas,
del oído.

O el sol que era un incendio
o un inmenso barco en llamas.

Nos queda sin embargo,
esta mancha de humedad
a la que llamamos madre.

Fuimos niños robados en un soplo,
mis hermanos y yo,
con la cabeza de trapo y los ojos de botones.

Todo lo presente es lo que duele,
afuera no hay nada que el frío no congele,
adentro hay caracoles trepando por el hueso.

Las sombras de los pinos,
pesadas, somnolientas
se hamacan y crujen
y cantan y rechinan.






)0(

4.5.09

Los obreros de la construcción desmantelaron el cielo,
y los ángeles de la dicha cayeron a pique,
plumas blancas hundidas en el barro.

Los apaleamos en nombre de la sangre,
les apretamos el pescuezo,
hasta aniquilarlos.




*

Nota 1

Hasta el día de la fecha todos los trabajos que colgué en el blog, fueron el resultado final ( salvando las distancias, con mayor o menor satisfacción para este vertebrado) de darwiniana selección más cierto tiempo de pulido y corregido y bla, bla, bla. Se podría decir también; limpitos y con ropa de domingo para recibir a las visitas y conformar al neurótico de los patines.
En fin. Me dí cuenta de que no había nada que marcara el pulso real de la escritura y por ende, me pareció que el blog quedaba frío, como una vidriera vieja llena de polvo y ofertas dudosas.
Luego de un tiempo de rumiar al respecto, es decir, de ir y venir con la bosta de uno a otro estómago, decidí oportuno intervenir y dar la lata, a modo de diario, o libreta de notas, o no sé, una manera de comunicar otros aspectos.
Bitácora! Que me cuelguen de los huevos!
Me niego a usar la palabra bitácora!

Otra cosa.
Odio los blogs.



Saludos a todos, o si es uno, a quien sea.



T & eno.

El recipiente




En este jardín ¡Un siglo de hojas muertas!.


Matsuo Basho



En esa penumbra malva y granulosa que flotaba en el aire del monte, un hombre permanecía boca abajo y en silencio, con el cuerpo entrelazado a las raíces húmedas como un animal muerto. Tenía en la parte superior de su abdomen, una desgarradura en forma de medialuna, y se sostenía con una mano la pulpa tibia y pegajosa en que se habían convertido sus tripas.
Este hombre, que ya estaba endurecido por los largos años de vivir en la intemperie, y los trabajos en los aserraderos y el desmonte, sabía que se iba a morir. Lo sabía de la misma manera en que sus huesos le avisaban que la noche traería tormenta o en que su olfato lo guiaba para cazar y alimentarse en esos meses que había malas rachas de trabajo.
Apretó los dientes y se arrastró unos metros a través de una charca de lirios amarillos, dejando un rastro de sangre y barro tras de si. Luego se acomodó lo mejor que pudo, a medias sentado, con la espalda contra el tronco de una casuarina y apoyó el mentón en el pecho para recobrar el aliento.
Había perdido una bota en el trajín, desde el recodo del río hasta aquí, aunque no le otorgó demasiada importancia. Se observó el pie desnudo y este le resultó ajeno y fuera de lugar entre la maleza, como un adorno viejo y descartado al que nadie reclamaría jamás.
No le temía a la muerte. No a la muerte en si, como representación del final de todas las cosas o la contrapartida de su voluntad y las causas que podrían afectarla, del destino o el azar o las circunstancias, o incluso de las consecuencias de esas circunstancias. Pero si le temía al deterioro de la realidad. Había cierta obsenidad en ello, como si el cambio, o la pérdida de fé lo dejara extrañamente desnudo frente al universo. Ahora tenía que lidiar no solo con una herida mortal sino con la sensación atenazante de estar volviéndose loco, engendrando oscuras ideas en su mente rústica, poco dada a las palabras y a las largas reflexiones.
Esa ruptura a la que él le temía, no estaba en el reino de la muerte.
Y la contemplación de esa ruptura era ofensiva, y su proximidad paralizante.
Levantó el rostro hacia la cúpula verde de los árboles y la vió nuevamente.
Encaramada sobre las ramas de un viejo sauce, la criatura lo estudiaba sin expresión alguna. Los ojos acuosos apenas parpadeaban. El hocico, o lo que fuera aquella cosa negra y retorcida, apuntándole como un muñón acusador.
Si el hombre tuviera fuerzas, o tal vez, valentía; le gritaría que se fuera. Intentaría espantarlo como se espanta a una alimaña. Pero apenas podía sostenerle la mirada. En cierta forma, reconocía que había un destello de inteligencia en esas cuencas veladas y ese pensamiento lo dejaba exhausto y acobardado.
Como para corroborar la idea, la criatura gesticuló y emitió un sonido bajo y profundo, como un maullido de advertencia. Luego, con una serie de movimientos pulcros y repugnantes, descendió con lentitud por el tronco del sauce sujetandose con las patas hasta quedar con la cabeza hacia abajo a unos dos metros del suelo. Giró la confusa masa de su cuerpo en un ángulo imposible y volvió a posar aquellos terribles ojos en él.
El hombre no consiguió rezar. Un zumbido empezó a llenar sus oídos, no supo si provenía de su propia cabeza o de aquella pesadilla que se acercaba para culminar su trabajo.
Con la mano derecha se palpó torpemente la cintura, con dedos temblorosos acarició el mango de hueso, desabrochó la funda y extrajo el cuchillo de cacería. Debería ser lo último que hiciera, un arco firme y directo a la cabeza, la única parte vital que podía reconocer.
El zumbido se iba acrecentando, una nota grave y sostenida que parecía vibrar en todas las dimensiones. Lo sintió en el pecho, en los huesos, en las raíces negras de sus muelas, en la punta de las uñas. El zumbido parecía haberse convertido en una nube palpable y elástica que penetraba en las cortezas de los árboles y trepaba hacia lo alto en forma de savia, se hundía en la tierra mojada y surgía como un vaho y lastimaba los oídos y el espíritu mismo de la espesura. El monte se había vuelto silencioso en contraste, apagado, enfermo, mortecino. El monte era ya otra cosa, una madriguera o un nido que albergaba a un parásito bíblico.
-- No esperes más -- Dijo el hombre. Presentía la proximidad de la muerte como una maquinaria que ya se había desencadenado. Se dijo, a pesar del miedo, que no quería acercarse al borde de su vida sin decidir nada.
-- ¡Acá estoy, carajo! --
La criatura se desprendió del tronco y cayó sobre sus seis patas con un golpe sordo. Desde su oscuro caparazón se desplegó una membrana transparente, casi líquida, que arrojó vetas de luz iridiscente. Como si fuera el párpado de algun Dios tremendo y desconocido, la membrana se abrió y dividió en dos partes formando unas espléndidas alas. El hombre tardó varios segundos en comprender lo que veía, las alas se agitaron brevemente y luego casi desaparecieron al cobrar velocidad. El ruido que emitían era un rapidísimo flapflap que al mezclarse con el otro zumbido, producían un efecto aterrador e hipnótico.
La mano del hombre se cerró sobre el mango del cuchillo. Ya no había nada salvo su corazón golpeando a todo tambor y la voluntad que a duras penas se imponía sobre sus nervios. Se dió ánimo diciéndose a si mismo que tenía la oportunidad de hacerle frente. No quería morir como un ciervo manso y resignado, sino dando batalla.
-- Pero... --
Pero el ataque llegó como un fogonazo, un zigzagueo blanco y eléctrico que duró lo que un parpadeo, y después, el tiempo volvió a su cause normal dejándole burlado, con la comprensión de su verdadero rol. Su mano no había conseguido alzarse siquiera, sus dedos habían sido lentos, su fuerza; irrisoria.
El horror había volado hacia él con una velocidad incalculable. Una pata se había cerrado sobre su brazo, inmovilizando el arma. La otra, atenazándole el cuello, apenas lo dejaba respirar.
Ahora el zumbido llenaba todos los espacios y el hombre se entregó a él. Su mano soltó el cuchillo y quedó con la palma hacia arriba, inerte y vencida.
La monstruosa cabeza se acercó y abrió las fauces. Desde ese agujero sin nombre surgió una trompa blancuzca surcada de venas, similar a un molusco o al falo de un animal. La cabeza de la bestia parecía mutar ante sus ojos, con una fuerza mecánica, presionó las garras contra su cuello y con unas afiladas púas cortó, a ambos lados de la cara, los dos trigéminos. El hombre gritó, se retorció intentando zafarse, pero estaba atrapado. Las púas se introdujeron en su carne y buscaron el hueso, después, a modo de palanca, lo obligaron a abrir la boca. Dejó caer gruesas lágrimas, pero ya no volvió a gritar.
La bestia se acercó aún más y torció su cabeza para evaluarlo de cerca. Lo obligó a girar el cuello hacia la izquierda, y en ese momento el hombre pudo ver, a pocos centímetros, un segundo grupo de ojos facetados que se extendían y colgaban por debajo de las mandíbulas como grotescos racimos.
Fue entonces cuando decidió que ya había visto suficiente. Lo que sucedió después lo vivió con los sentidos embotados, casi como si le sucediera a otra persona. Con el cerebro al borde del colapso, se sumergió en un espeso trance de grises y brumas. Lo que significó para él, además de un alivio, la única defensa posible.
Tragó el líquido y lo sintió bajar por su garganta denso como un jarabe. De inmediato, lo embargó una extraña tranquilidad. Un hormigueo eléctrico comenzó a avanzar por su cuerpo, adormeciéndole los miembros primero y paralizándolos después.
Se quedó apaciblemente inmóvil, envuelto en una ponzoñosa duermevela, oyendo sus propios quejidos desde muy lejos.
Lo último que sintió fue la intrusión en la herida de su abdomen, un latigazo de ardor que paso rápido, y la sensación no del todo desagradable de estar siendo cauterizado por manos expertas.

No supo cuanto tiempo había pasado, abrió los ojos y observó a su alrededor.
Estaba solo.
Intentó incorporarse pero no logró mover sus piernas, como en una resaca de caña, su cuerpo le parecía torpe y pesado. Así y todo, había salvado su vida. O mejor dicho, se la habían perdonado. Los motivos estaban fuera de su alcance.
Una temblorosa mueca se derrumbó en su cara lastimada.
Al cabo de unos minutos sintió náuseas y fiebre.
El sol de verano estaba cayendo por encima de las copas de los árboles y en esa luz que se filtraba por las apretujadas ramas, se dibujó sobre su vientre hinchado un movimiento escurridizo.
El hombre bajo la cabeza y se miró el estómago.
A través de la carne tumefacta, vió enormes y blancas larvas que se retorcían perezosas.







*************

20.3.09

Réplica cobarde a los poemas de Olga Orozco

Hay violencia.
Y nuestras almas no sirven para nada,
Alias Poldy Bird.

Yo meo sangre en un tarro
con mejor aspecto y olor
que tus poemas,
No se necesita pluma
en una cárcel
donde constantemente llueve mugre
y los resortes rechinan
haya sol o no.

Nuestras almas estan vacías,
no "tristemente" vacías,
son cueros quemados,
profundos pastizales,
o máscaras de ausencia.

Habría que intentar
morirse en un charco
con las tripas bailando
con toda esa fuerza lírica y poética,
en medio del agravio
rodeado de idiotas o enemigos.

Un pobre diablo como yo
acabaría tinta en los vestidos
de muñequitas naif
como los de tus niñas leves,
ingrávidas
y estúpidamente artificiales,
que ni te nombran
ni te reportan
ni te significan
carne propia.

Yo nací con una sola mano,
con las uñas llenas de mierda,
en una neblina de reuma
y posibilidades truncas,
para decir algo decente.

¿y vos, grandísima pelotuda?

16.3.09

La razón de las estatuas




Jesucristo parpadeó, sus ojos de yeso pintados con acrílico caoba se movieron en las órbitas y observaron a la concurrencia. Gradualmente, como si les hubieran inyectado un extraño suero, adquirieron un fulgor viscoso y oscuro, y las pupilas se dilataron hasta convertirse en dos espejos negros. El redentor gesticuló y probó los músculos del rostro, un desfile de muecas que cubrieron todo el espectro de las emociones humanas. Al final, se quedó con una ancha sonrisa que recordaba a la famosa foto de Charles Manson en manos de la justicia. La saliva se descolgó de su labio inferior y descendió en perfecta línea recta hasta la alfombra roja del altar, donde el sacerdote salmodiaba a sus fieles enfrascado en el ritmo de sus propias palabras.
Era la tarde de un viernes de un día perfectamente normal y nadie se percató del Cristo articulado hasta que un monaguillo aburrido decidió investigar que era lo que resoplaba a sus espaldas. Lo que vió no logró traducirlo a ningún lenguaje o protolenguaje conocido. Como si le hubiera dado un aneurisma, se quedó balbuceando y gruñendo hasta que la estatua se acercó y le aplastó el cráneo de un puñetazo.
Un segundo antes de que se desatara el caos, en la primera fila, la señora Da Silva había estado rogándole a Jesús que eliminara de la faz de la tierra a su nuera; Carmencita De la Cruz Da Silva, criatura indigna y aborrecible por donde se la mirase y que ostentaba el dudoso tupé de haberse floreado con media ciudad de Río de Janeiro antes de clavar las garras en su único hijo, que por otro lado no era un santo pero que tampoco se merecía a una bruja como aquella. Por estos motivos y por otros menos convincentes la señora Da Silva argumentaba hecha una furia y pedía una muerte rápida y eficaz para su nuera sin quitar los ojos del Nazareno. Fue por eso que se convirtió en la primera espectadora del prodigio, cuando el Cristo se descolgó de la cruz y caminó tambaleándose como un zombie por el altar.
Aquella proeza no pasó desapercibida para nadie y enseguida se oyeron voces histéricas aclamando que era un milagro y otras que decían que no, que no lo era en absoluto. A esos gritos la señora Da Silva tuvo que sumar los propios, retractándose de haber albergado tan pecaminosos pensamientos, pero el Cristo fue indiferente a la cacofonía general y atacó al monaguillo sin miramientos.
Fue un golpe demoledor, el pobre muchacho salió despedido como un muñeco de prueba y cayó muerto a los pies de la primera fila de bancos. Precisamente junto a los pies del Juez Milton Dos Santos Del Rey. Dicho juez era una eminencia en el lugar pero también era un anciano de más de ochenta años, con problemas cardíacos. Por lo que no pudo evitar que la ofrenda que le salpicaba sus finos zapatos de gamuza le provocaran un temblequeo infantil en el mentón y mucho menos que la vieja pasa de higo se le detuviera en seco a modo de protesta.
El Cristo vociferó un sonido que retumbó en el interior de la nave como el llanto de una ballena herida, su ex rebaño respondió con un griterío aterrado, pero humano.
El sacerdote se llamaba Oscar Nascimento Truncado y hasta ese momento no había atinado a nada que no fuera sobarse su barba de chivo y perder el control de la vejiga. Pero a último momento se interpuso, con pasmosa sorpresa, entre la estatua y la concurrencia. La figura se detuvo ante él y lo miró con ojos inexpresivos.
—¡Vuelve al pozo de azufre, bestia inmunda! ¡No eres digna de mancillar esta imagen! —dijo el sacerdote, insuflándose valor.
Jesucristo acercó su enorme rostro hasta que su nariz aguileña quedó a dos centímetros de la suya y como si fuera la cosa más natural del mundo comenzó a olfatearlo.
—Vuelve a tus dominios, en nombre de... Dios —susurró el Sacerdote.
Recibió una dentellada en plena cara y fue sacudido como la presa de un animal salvaje hasta que la carne se despegó de sus huesos con un ruido de succión. Se sintió suspendido, flotando en una mezcla de horror y éxtasis, luego su espinazo se quebró en tres partes contra un banco de madera. Sus pocos minutos finales, los dedicó a morir miserablemente.
Mientras la señora Da Silva al igual que otros concurrentes avanzaban en tropel hacia la salida, el Cristo arrastró el cuerpo del Juez Milton Dos Santos del Rey y comenzó a utilizarlo para aporrear a los más rezagados. Un hombrecito de anteojos y bigote, intentó esquivarlo y recibió una tremenda patada en el estómago. Por encima del pandemonium, el Cristo lanzó otro llanto de ballena. Un sonido tan grotesco que paralizó a los más débiles. Era la antítesis perfecta del pastor y sus ovejas, un flautista de Hamelín demencial que hacía que las ratas se llevaran las manos a los oídos y pugnaran contra un terror que volvía la sangre espesa como la brea. Cerca de la puerta, el gentío se había convertido en un desesperado nudo de brazos y piernas. El Cristo se deshizo del cuerpo y de tres zancadas alcanzó al último grupo, comenzó a morder y a golpear a cuantas personas pudo, entregado a un frenesí salvaje y sin tregua.

Joâo Gabriel Barbosa y María Belifonte practicaban capoeira en la plaza central justo enfrente de la iglesia de San Bautista. A sus pies había un sombrero de raso con unos pocos Reales, gentileza de unos turistas Alemanes y algún que otro paisano generoso. En líneas generales, el día había sido bastante malo y Joâo y María habían discutido por una serie de tonterías, aunque eso no era un impedimento para que continuaran demostrando sus habilidades. Además Joâo tenía en su bolsillo un regalo que ablandaría los caprichos de su novia. De eso estaba seguro. Estaban tan concentrados en su arte, que no percibieron a la muchedumbre huyendo del templo, hasta que alguien pasó muy cerca de ellos y lanzó una exclamación para luego caer sobre el césped con la mitad de la cabeza literalmente mordida.
María Belifonte pegó un saltito que en otras condiciones hubiera resultado gracioso y automáticamente comenzó a llorar y a hipar sin entender muy bien que pasaba. Tampoco entendió el tremendo empujón que le propinó su novio, aterrizó de cabeza a un par de metros, entre un macizo de flores y un bebedero de piedra. Escupió tierra y se levantó, todavía llorando pero justo a tiempo para ver como un gigante desnudo y cubierto de sangre estrellaba una pila bautismal con tremenda violencia en la cabeza de su novio. Joâo Gabriel Barbosa se convirtió en pulpa de carne y sesos revueltos tan rápido que María registró para siempre su última expresión: una cara de consternación pura.
El monstruo se volvió hacia ella y se frotó los genitales. Un Jesús de tres metros con un pene grande como un martillo hidráulico que se bamboleaba arriba y abajo, con la baba colgando de su mentón y unos ojos vacíos y terribles clavados en ella.
Maria dejó de llorar, dejó de hipar, dejó de respirar, pero se levantó y corrió como nunca había corrido en su vida. Corrió como una condenada, como si disputara por una medalla olímpica. Siete cuadras después se desplomó y se preguntó con una risita histérica que mierda escondería Joâo en el bolsillo.
Eran las siete y cuarto de un día normal en la ciudad de Río de Janeiro, y la bestia de yeso comenzó a recorrer las calles aullando como una bestia marina a una luna incipiente y enfermiza. Antes de que oscureciera por completo, ya había asesinado a cuarenta personas, herido a más de noventa y causado destrozos y pánico en toda la zona central de la ciudad. Seguido de cerca por una jauría de perros que no dejaban de ladrarle, dejó un tendal de destrucción como nunca antes se había visto.

Cuando se encendió la lucecita roja de la radio, el Teniente Matheus Correia Souza lanzó un insulto por lo bajo. Era su día franco después de dos semanas de trabajo y se merecía pasar tiempo con su pequeña Lucía. Contestó de mala gana, y escuchó lo que tenían que decirle. Soltó una carcajada, luego, cerró la boca y se puso pálido. Cinco minutos después quemaba las gomas de su Yamaha y se saltaba los semáforos en rojo para llegar al cuartel.
Cuando llegó, su equipo ya estaba preparado y esperándolo.
— Parece que a Jesús se le acabaron las otras mejillas, Teniente.
—No haga bromas con ésto, Figueiras.
Las tanquetas de la policía paramilitar no eran muy cómodas cuando iban atiborradas, pero al menos eran rápidas. El teniente observó que sus hombres se preparaban para el enfrentamiento. El Cabo Elizalde Barreiros besó su crucifijo y al instante adoptó una expresión casi cómica, de asco y extrañeza.
Encontraron a la bestia cerca de la playa, en el extremo Sur del Boulevard. El Cristo andante de la iglesia San Juan Bautista había colapsado una avenida, provocando el incendio de varios automóviles y matando a todos sus ocupantes.
Cuando el equipo preparó la artillería, el monstruo estaba atacando un Bus de larga distancia. Forzó las puertas y entró en el vehículo sin que nadie pudiera detenerlo. La policía formó un rápido cordón a unos treinta metros del omnibus. Adentro se había iniciado una masacre y los gritos de los turistas eran insoportables.
El Teniente Matheus Correia Souza no era un tipo de andarse con rodeos. Pidió permiso a sus superiores y tras recibir el visto bueno, se calzó el lanzagranadas en el hombro y apuntó con el corazón frío. En su mente, la pequeña Lucía le enseñaba a amasar bolinhos de mandioca con la cara cubierta de harina.
Disparó una lanza humeante que se incrustó en el tanque de combustible.
El Bus pareció rajarse por la mitad, se elevó un metro del suelo envuelto en una llama anaranjada y aterrizó como en cámara lenta en medio de un estruendo colosal.
Más tarde, cuando los bomberos enfriaron los hierros, encontraron lo que quedaba de la criatura, pero a diferencia de sus víctimas, su cuerpo no estaba carbonizado sino resquebrajado y deshecho en escombros.
Cerca de medianoche, la noticia del Cristo asesino había empezado a prender como pólvora en todas las emisoras de radio y televisión del País. Miles de opiniones saturaron los medios con el afán de explicar lo inexplicable. Especialistas y testigos hicieron conjeturas cada vez más absurdas y sembraron la semilla del miedo en toda la nación.
A las doce y cuarto, en una de las ciudades más bellas y peligrosas del mundo, todos los perros se pusieron a aullar al unísono. Fue un ulular desgarrador que trepó por los morros y se proyectó hacia las estrellas anunciando lo peor.
De cara al océano, encaramado en el cerro del Corcovado, el Cristo Redentor abrió los ojos y contempló las luces brillantes que se extendían hasta la bahía.





Versión corregida. 7-8-09

23.2.09

La crueldad


Sos animal balbuceante arqueado en el paladar de algo llamado Dios,
hijo de todas las patadas en el vientre,
nadador de los mares de saliva
y ojos morados, lagaña viva frente al sol,
palpitante y minúsculo, afiebrado
como una mariposa rota o árbol quemado
o naranja podrida.

Sos la osamenta incierta con aires de grandeza
¿Que cielos oteaste que misterios con que ansias?
La ostra del gran mongoloide celeste se cierra como un párpado,
y no dará jamás ningún consuelo o respuesta
las palabras no dirán más que basura y mierda,
dirán cosas como ésta o todo lo contrario,
serán un bálsamo al borde del vacio.
Que harás con esas manos viejas?
te arrancarás el pellejo que te ofende,
te arrastrarás por fuera de un triste reloj de días y de noches,
como un paria,
sin lugar adonde ir
y ante miles de estrellas
cansado y desesperadamente solo,
carecerás de nombre.














Tú, Diablo de los trompos de madera

Desolla el sicomoro del Edén con la lengua de la muerte.
Que todo templo tiemble ahí donde den cátedra los cisnes.
Llámate, en franca zambullida pie descalzo de hueso al pavimento.
Sé ante todo, un perro bueno abierto a tajo por el miedo nauseabundo.
Y que todos los martillos de la ciencia te impriman en un libro.

Máscara de brea, parodia de coito de muñecas.
sé un nombre simple, propicio para el odio y las ofrendas.

Tú, diablo de los trompos de madera.
Llévate la lluvia, las víboras de sombra, las mareas.

Acuéstate en mi cama cabeza de lagarto sonrisa sin estrellas.
Sé mi fiel imprenta en ésta mano enamorada de la sangre.
Y que bailen las proteas, las dentelladas rojas y las lagunas negras.








6.2.09

El verbo reptar en los estertores de la luz

Soy la cosa que aúlla en los pantanos de la luna
y duerme en sembradíos de estacas y cabezas.

Amo el territorio de la bruma y de la nada,
mejor dicho,
no amo casi nada.

Los cielos aberrantes y baldíos,
las pupilas sin estrellas,

ahí, en la cuenca seca
donde anidan las tormentas.


Las montañas rusas muertas, incendiadas,
con los pies atornillados en el suelo.

Yo veo colosales buques negros
y a inhumanos pasajeros bailando en la cubierta,
mastodontes herrumbrados en la arena
de océanos vacíos.

¿Dónde habita el Cristo rojo?
donde quiera que se pudra su cadáver,
un velamen soplará su aliento frío
sobre huesos de niños inocentes,
y de cada nicho y tumba descubierta,
saldrá una canción de cuna para ahogados.

Escribo en esta piedra que es la sombra
de mi negra duermevela
los versos que la noche azul hambrienta,
flor carnívora entreabierta,
me ha traído como ofrenda entre sus manos.



)O(

9.1.09

Misericordia

No había rencor en las palabras

que encerré bajo llave en una caja

y que hoy he liberado por error,

no decían: "avispas" o "tristeza" o "cementerios",

decían: limoneros de alas blancas,

y muelles anclados a los pies del río

como si durmieramos de pie

en páramos verdes varados en la infancia

sin dicordancia entre amor y salvajismo

donde casi era la mismo

el robo de besos que el robo de naranjas.



Yo era un buen amigo de mis alrededores

llevaba el apodo que las cosas me habían dado,

y no me ofendía ni el frío ni la noche

adonde fueran mis pies allí estaba mi casa,

en las lloviznas altas o en las viejas casuarinas

me arrojaba desde el sótano del cielo

en vuelo de trémolo y relámpago y cometa,

rodaba por las tejas cocinadas por sol

como un psicopompo demente y afiebrado.



A veces, venía sola la tarde cristalina,

aquella bruja anciana de relojes y bostezos

se peinaba asomada a los aljibes

y sus cabellos eran sauces somnolientos.



Yo dibujaba en la cocina de la abuela

monstruos y garabatos y naves fabulosas,

ellos eran mis guardianes al silencio de la siesta

que velaban por mis armas de hilo y de madera.



Palabras liberadas por error,

un enjambre como un solo de trompeta,

personajes y paisajes mezclados sin sentido,

y que encima, se lanzaron a buscarme,

porque no entendieron,

o no me prestaron atención,

cuando les grité que era yo mismo,

y que aquel niño

solo habitaba en un poema.



)O(

2.1.09

El corazón de Jade construía los relámpagos

Yo era barro sin alma
ventana en el centro del invierno
y tú, corazón, la luna.

La noche, tu voz
mis palabras, los espejos.

Eras piedra y penumbra
mandrágora enraizada
y yo, corazón, arena.

El tiempo, tu cuerpo
mis manos, los relojes.

Yo, te encomiendo la tinta de estas manos
soy cartógrafo mudo y asombrado,
de las formas de este amor
dibujo mapas.

Tu, que manejas los engranajes de la lluvia
no permitas que se esfume,
o hazlo mansamente
como el irse de los barcos encallados.

Mi sueño descansa en la vigilia,
en la curva de tus párpados,
atesoro los caminos y los días,
cada pequeño paso dado hasta encontrarte.



Dedicado a Soel, mi amor eterno y todos los días de esta vida.

)O(

Mis hermanos cargaron los fusiles

Languidez de una hilacha de sangre
en la aguada tarde
abre los párpados el cielo.

Cargaron los fusiles mis hermanos
levantaron las banderas
de los vientos del otoño.

En mi sueño hay un poema que no sabe
que sueño con la muerte
de un poema.

En mi sueño escribo siempre
oscurecido en los muros de la fiebre
persigo el fulgor de una sonrisa
en larga caravana de tus gestos.

Por este amor redondo que arde como un pájaro
por esta voz cansada que es la daga de la noche
por este pecho firme que es tu hogar y que es el mío.

Escribo.

"Que tristeza abierta en tajo a las estrellas,
mis hermanos cargaron los fusiles
y todas mis criaturas tienen frío"

En la palma de mi mano
duerme un niño de tinta y melodía.

La palabra herida
espera su final.




)O(

Que todo lo dañado

El que sueña viaja solo
Absorbe por el tacto el fuego rojo,
doma los caballos de todas las distancias.

El que sueña desarma la palabra
su lenguaje es el velamen
en un azul de proa y flecha hacia adelante.

El que sueña es dueño de las reglas
y hace y deshace la métrica y la rima,
esgrima de siempre de amor versus la muerte.

Usará también a veces el olfato
y suelo y hocico serán la misma cosa,
pulsión de larguísimos anhelos,
para buscar la forma de decir hogar.

Pondré mi corazón en tu retorno,
pondré mi corazón en todos los retornos.

Será por eso que todo lo dañado
no podrá esconderse de mi mano.

Lo perdido será inútil sin mi llanto,
no tendrá razón de ser,
en el hueco simple de mi sueño
ya es pájaro tibio lo que ayer era latido.






)O(

Dislexia del lenguaje corporal

Mi mentón era la proa de una cruz
y yo me arrastraba como un pez
por las colinas lentas.

La osteoporosis de la luna
allá arriba en cada charco,
enfermando el aire con cenizas,
al son de los tentáculos lustrosos.

Escritura de larva, una carta de amor
a mis manos perdidas.

De todo el tango, salones bajo el agua
con culebras enroscadas en los brazos,
y hundido el esternón en brujerías.

Calamidades para aquella fé pequeña,
de rezar con la boca del estómago
doblado entre la náusea y la esperanza.

Las cosas buenas derrumbadas al azar:
un abrojal,
incendio rojo,
sin el día y sin la noche,
ya no me reconozco.

Mi mentón era la proa de una cruz,
oía espantapájaros llorando con mi voz.







)O(

Si se muere un caballo en mi cabeza

Si se muere un caballo en mi cabeza
seré como un niño potro espástico
dormido en un colchón viejo.

Un charco inenarrable violado por el sol,
que alumbra el espinaso ante el enjambre
de ángeles y moscas.

Vendrán a mi llamado los insectos,
y muñequitas de opio
que quitarán el hollín de las ventanas,
las telarañas de mis ojos,
y curvarán mis comisuras,
haciéndome llover.

Más tarde vomitaré orquídeas
sobre el mantel del desayuno,
la sugestión proyectada de la bestia
vendrá en puntillas por la espalda
a robarse mis dientes de leche.

Máscara y caballo serán el mismo barco,
en el amago virulento de moverme
imitará mi sombra el viento de los ríos,
nadando hacia la orilla, levemente.

Si se muere un caballo en mi cabeza,
en esta piedra grabada en otro idioma
ofrendará sus intestinos en mis manos
para que pueda describirlo con justicia.

Manso caballo del silencio,
rehén de los festines,
de los crepúsculos violetas y salvajes
y poemas mandados a la horca.

Hijo predilecto
de las horas quietas a la vera
de las calles de tinta y horizonte
postrado para siempre en un cajón.

Toda cosa comida de alimañas
toda cosa de cuero y laberinto
como el punto final de los galopes
de una larga sintaxis de caminos.







)O(

El árbol de los crucifijos

Si yo fuera un ser viviente,

uno de esos habitantes

del oxígeno y la piel,

enfermos del misterio de si mismos,

latiendo en los espacios

como bocas,

suspendidas

en colapsos de neón y fuselajes.

Si yo fuera uno de ellos,

una lengua de marea

para lamer las ciudades del lenguaje,

un pequeño peregrino cargado de advertencias,

con palabras de huesos quebradizos

y bandadas repartidas como cartas,

incluso lascerado, borracho moribundo

reunido en la garganta

con la escultura simple del aullido,

incluso yo, al borde de este padre

y de este hijo

animal de todos los relojes,

de todos los bordes,

de todo este abismo pulido y conocido

y puesto al margen,

ostentaría mi carne, encendería

los infinitos ángulos

de todas las sonrisas

de mi cara.





)O(

18.9.08

El acto de violar

Anestesiados por la bomba
los perros se ahogan en las bocas de tormenta.

Las ciudades doradas en la cima,
las grandes ciudades negras por el fuego.

Y canciones tristes de esperanza
de angelitos apaleados en la cuna.

Se quema Dios a veces?
se quema el nombre rojo cobre
y quiebra
el vientre de sirenas?

Por sola respuesta;
afila Dios ese cuchilo en el hueso lento que yo soy.

Se llena de silencio
el cuenco de la nada.

Anestesiado por la bomba,
retiro mi párpado,
descubro un ojo enorme
ciego y bestial como la luna.

Ahí va mi cuerpo acribillado en la frontera
lo escucho silbar como una piedra.

Ahí va mi cuerpo y los hombres que le temen
sonríen y lo escupen.

Ya tallé la marca en la blanca rajadura
de la arena.

Ya borré las huellas.

Dejé la sangre limpia entre la espuma,
un ovillo sobre cal,
los pelos y el pellejo.

Ya borré las huellas,
no he llorado todavía.

Lo que fué,
lo que haya sido,
no descansa aquí.

De tu saliva fría,
parte un barco hacia la noche.

Cuando al fin te marches,
y olvides todo,
devuélveme despacio.



)O(

27.6.08

¡Zombie responde! Ordenó el Plasmatrón



El mundo era una montaña de basura. Una corteza humeante y estéril poblada de ratas, insectos y gaviotas. En el epicentro de la devastación, en el tatuaje concéntrico donde se había librado la última guerra humana, aún quedaban vestigios de locura.

El Plasmatrón abrió su ojo de cíclope y realizó una rápida evaluación de los daños. Todavía le quedaba reserva de energía para unos cuarenta años. La explosión lo había dejado fuera de combate por varios días, y las esquirlas habían afectado el funcionamiento de una de sus patas traseras, además, el bloque de concreto que lo aprisionaba le había ocasionado una leve fisura en un costado con pérdida de fluído, pero nada de eso era grave. Lo que preocupaba al Plasmatrón era algo de índole moral.

¡Harlan! ... exclamó.

¡Capitán Harlan! ...

Activando un sistema interno de compensación gravitatoria, el Plasmatrón se enroscó sobre si mismo y levantó el peso que lo oprimía. Una maraña de metales retorcidos y concreto chirrió y se desplazó hacia arriba primero y luego hacia un costado.

¡Capitán Harlan!...

Como si fuera un periscopio, el Plasmatrón giró el oscuro cilindro de su torso y contempló las ruinas que lo rodeaban. Viento y oscuridad. No mucho más que eso. La ciudad de Tres Corazones había desaparecido por completo. Una fina llovizna corrosiva salpicaba y oradaba los restos de hormigón y metal que se extendían kilómetros a la redonda.

"Aunque camine por el valle de la muerte, no temeré mal alguno" recitó el Plasmatrón impostando la voz según el estilo de los Ministros de las antiguas iglesias de América del norte. Una de sus gracias favoritas que era sencillamente una fracción de holodata encontrada entre las miles de millones que almacenaba en sus entrañas.

"Porque tu estás a mi lado, y tu vara de pastor me reconforta"

Comenzó a moverse hacia el Sur a velocidad media, una araña blindada de media tonelada, de a ratos recitando versículos de la Biblia de a ratos llamando a Harlan. A su paso, pequeñas alimañas intentaron huir aterrorizadas pero el Plasmatrón las fue vaporizando sin contemplaciones.

Al cabo de unas horas, se detuvo al pie de una estructura y comparó datos.

Efectivamente, en ese lugar había estado el edificio gubernamental. Ahora la madeja de hierros desnudos y calcinados se parecía de una manera siniestra a una de esas montañas rusas que tanto le gustaban a los humanos.

El Plasmatrón meditó unos segundos. Desde la pequeña cúpula espejada que conformaba su cabeza surgió un haz de luz titilante que taladró los nubarrones negros.

Esperó.

Recibió estática y luego silencio. El satélite se había dañado también. Desde su interior brotó un pitido que bien podía ser el equivalente humano de un insulto.

¡Harlan!...Gritó con los altavoces a máximo volumen, pero solo recuperó los ecos de su propia voz rebotando en los escombros.

De pronto se le ocurrió una idea. Desde un boquete en el fuselaje de su barriga surgieron dos tentáculos equipados con pinzas. Los tentáculos se pusieron a trabajar frenéticamente. Su ojo único concentrado en remover piedras y vigas. Poco a poco, mientras la lluvia y el viento comenzaban a convertirse en una furia sorda contra su armazón, fue despejando el perímetro hasta que encontró lo que buscaba.Una puerta de acceso de datos de código militar, con la pantalla echa pedazos pero con la fuente primaria intacta.

Sin dudarlo ni un segundo extendió el cordón umbilical y activó la conexión. Primero hubo un parpadeo en el interior de su cerebro, luego un zumbido que ya le era familiar. Un mundo verde, traslúcido, inmaculado y perfecto se desplegó ante su vista. Pulsó los signos de identificación en el mapa y aguardó. La Inteligencia leyó las coordenadas y respondió enseguida.

Harlan Jonathan Smith, alias "Job". Capitán de regimiento tres de infantería. Muerto en combate hace seis días en la región de los parques. Avenida del Nuevo Anticristo y Megalenguas. Deterioro celular ochenta por ciento. Capacidad motriz casi nula. Capacidad intelectual veinte por ciento.El Plasmatrón recogió algunos datos más y cortó el cordón umbilical.

Capitán Harlan. Dijo. Ya se donde encontrarlo.

Se dirigió al Sudoeste bajo la tormenta, a paso firme y rápido. Evadió las zonas en donde las bombas habían dejado cráteres del tamaño de estadios olímpicos y corrigió el rumbo con milimétrica exactitud. Cuando encontraba algún escollo que no podía rodear, simplemente trepaba por encima y continuaba avanzando sin inmutarse.

Cerca del amanecer llegó a una zona industrial donde milagrosamente la artillería había dejado en pie la mayoría de los edificios. Vió cadáveres por doquier, soldados enemigos y soldados aliados desparramados sin orden ni concierto. En las estrechas calles, aquí y allá, los cuerpos despedazados daban testimonio de la crudeza de la lucha.

Vaya desperdicio de unidades orgánicas, pensó el Plasmatrón, y fulminó con un chorro de vapor a un perro que intentaba arrastrar su cuerpo herido lejos de allí.

Falta poco Harlan.

El ojo de la máquina atisbó a lo lejos los rayos débiles de un sol moribundo, una mancha de claridad en un cielo cubierto de cenizas.

Here comes the sun, and I say, it's alright... tarareó.
Continuó su avance hasta llegar a la región de los parques. Un espacio abierto donde antaño habían proliferado los más hermosos bosques y jardines, un pulmón verde que servía para oxigenar a la ciudad y que por consecuencia de la guerra, se había convertido en un paraje infernal de trincheras y barro.

El Plasmatrón avanzó entre lodazales y zanjas y comenzó a escanear los cuerpos.

Cerca del mediodía, en una especie de fosa común infestada de ratas encontró por fin el cuerpo del Capitán Harlan.

¡Eureka! Exclamó y en la cúpula espejada de su cabeza apareció un punto azul que tal vez connotaba algún tipo de alegría.

Con sus dos tentáculos articulados levantó los restos mortales de Harlan y lo examinó detenidamente. Luego lo acomodó junto a su torso como si fuera una madre acunando a su hijo.

Para otro humano, pensó, el aspecto de este hombre debería resultar repugnante.

Al capitán le faltaba el ojo izquierdo y tenía la mitad de la cara quemada. En un análisis más complejo, determinó que no solo tenía una importante fractura en el lóbulo frontal derecho sino también la espina dorsal completamente destrozada.

El Plasmatrón extrajo una pequeña aguja y la introdujo en el lagrimal del ojo sano. Un líquido del color de la orina cabalgó directamente hacia el cerebro y en menos de tres segundos surtió efecto.

El Capitán Harlan abrió su único ojo y contempló a la máquina.

¡Lo saludo Capitán Harlan! Unidad de rastreo y mensajería Clase B reportándose. El Coronel Marcus le solicita que reúna a sus hombres de inmediato y los mueva hasta el distrito al otro lado del río. Repito. Debe usted reunir a sus hombres y retirarlos de inmediato de este punto. Mensaje terminado. Unidad Clase B permanece a la espera de respuesta.

Harlan gritó y cuando lo hizo, de su boca cayeron cientos de gusanos.


4.1.08

La intimidad de los incendios

Huir lo más despacio que se pueda
entre escenarios y telones
las bambalinas polvorientas como encajes
y más allá el alfabeto de las llamas.
No tiene nombre un caligrama rojo
animal sin ojos enredado en la madera
y aquel sonido, su garganta, un grito,
como si un sueño mordido desde afuera
se muriera.
Escapar lo más ajeno al cuerpo
que se pueda
en la intimidad de los incendios
arrebatarle los dientes a la bestia
y cobrar el movimiento de algo vivo,
no ser la muchedumbre plástica y estéril
una ofrenda pasiva amontonada
en un pasillo cerrado con candado.
Escabullirse sin color
como cadáveres de amantes olvidados
en las butacas grises de la noche.
Soñar la salvación en paréntesis ilusas
abrir los pulmones como bocas desdentadas
clamar el cuerpo las banderas de los brazos,
clamar las aguas, los arroyos, las mareas.
La intimidad de los infiernos
tiene verdugos sordos y aceitados,
que arrasan en guerra las lágrimas de cuajo,
y que hacen de ésta brasa un limbo,
y que hacen de éste brasa
muchedumbres de azufre y esperanza.

21.6.07

Super Boudelaire atrapado en los desagues

Sombra golpeadora sin boca sin hocico
bandeja de oro en la llovizna, regálanos tus mapas
y te caminaremos con los pies despellejados.

Un rezo a Tot para que no vuelvas o seas inmundicia
costra abajo de los puentes,
las piedras masticadas desde el aire
se burlarán de ti.

Querido nuestro, el mundo ya caía sin aviso
con sus horrores a cuestas.
Levántate!
Hoy también todo es humedad,
todo es puño, castigo, carcajada.
Mancha en la pared de todas las letrinas,
tu soñabas París como un ojo tuerto apuntando al cielo.

No te nombro;
Proa del inexorable descender con salpicaduras de mierda en un vestido de seda.

Para ti fumar. Meter el dedo en la llaga sacrosanta,
en las conchas de las putas enfermas,
y en el lejano devenir de una cortina de dientes,
de poemas sucios que hablaban de ti.

Espejo de fumar para gritarte un lenguaje de viejos
A ti, que ya nada.

Alma, cosa de mentira, títere mojado.
A ti, eterno soldado del cansancio sin sol.
Maraña de jugar como un gato en los mares del opio.
Sexo roto por exceso de caricias.
Llanto fiel.
Cansancio.
A ti.

Intro para panteras de concreto

No hay definición para las bestias
Torre de alta tensión.
Meteorito y azar y colapso.
Majestuosa caída entre chispas que engendran universos
esas grandes maravillas que caducan en la noche.

No hay definición para las bestias.
Insecto Marlboro de hojalata acribillado
por las balas del desierto con sabor a sal.

Dibujos que son como excusas para no decir.

Dibujos tachados sobre el blanco vientre del silencio.
Porque no hay definición para las bestias.

El óxido se come los carteles que ya nadie ve
esa es la acción de los ángeles del odio.
Hijos de la pulpa pegajosa de todos los deseos
y las esperanzas amargas.

Catedrales, ciudades, tableros de ajedrez.
Las rutas nocturnas son soplos de tinta
pellejos o huellas para seguirnos el rastro
y devorarnos.

No hay definición para las bestias,
porque no aprendimos a gritar todavía.
Somos animales muertos abollados en la boca
mandalas incompletos con piel y cabello,
espíritus-mordaza.

El embrujo de los signos.
Soñar el amor el sueño del amor como un sueño.

Dibujos que son como excusas para no decir.

10.4.06

El yugo del Horror Maravilloso



Da lo mismo perderse en las alfombras
que en las noches obstinadas,
buscar el verbo con las anclas de las manos,
ese espolòn sangriento que mueva el mecanismo
hacia adelante o hacia afuera.

Caer y amanecer pegado al techo
y que la piel sea una mancha transparente
donde aniden los peces tropicales.
Ser un càntaro quebrado entre las piedras
O un simple domador de dentelladas.

Sobre todo rascarse las heridas,
las afrentas invisibles y el cuero cabelludo,
sabiendo que afuera, en los oìdos
el enemigo cria leones diminutos.

Caer y amanecer con los pàrpados quemados
de tanto sueño y parloteo con el sol,
y los fetos de algodòn flotando en la locura.

A veces soy la casa a la que llego
soy la casa de càscara y madera
donde vienen a morirse los otoños.

5.4.06

Plan de aterrizaje para Lucas y Danilo


Lo que se da es un cuadro de niñez galopante,
por circunstancias de la edad.
Si se escruta más de cerca probablemente
broten desde el sueño manadas de jirafas,
todo tipo de sustancias pegajosas,
y ciclos infinitos de berridos y chupetes.
He contado más o menos veinte dedos
cinco en cada minúscula manito,
imagínense ustedes una mano de pochoclo,
tramando conquistarnos el pulgar.
Uno los observa y alberga la sospecha
de que existen universos de duendes imposibles
escaladores de tetas, relojes asesinos,
ovillitos de lana de la otra dimensión.
Y entonces se les dá por sonreir
disparando a quemarropa
misteriosas muecas de encías despobladas,
como si un resorte invisible respondiera
con payasos de peluche y bromas excelentes.
Cuando tal fénomeno sucede,
he notado que todo cuanto me rodea
me parece más que fabuloso.
Hasta les podría perdonar
esa fuerza vital empeñada en crecer,
en girarnos el espejo de repente
y darnos un sentido de existencia.

3.4.06

Como devorar a Dios




Entrar al cielo crudo
todavìa màs allà de los mares del ocaso,
empujando los huesos como si no hubiera a donde huir.
Entrar al cielo crudo.
El latido de jaurìa
decapitando cisnes àngeles de blanco
al silbido de la histeria del llanto y el machete.

Si levanto mi naciòn de lobos
serà para olfatearte entre los biombos del Edèn.
Tu para nosotros, grandioso hijo de puta,
Un apèndice de toda la dulzura derrumbada.

A mi no me nombres
Paràsito monstruoso de la carne, la espalda de martir encorvada
como un arco voltaico sobre seda humedecida.
A mi no me nombres, y declàrame la guerra.

Sueño con mi lanza y tu cabeza atravezada,
o sueño que arrastras mi carcasa por la arena.

1.4.06

Cabalgata en los valles de ceniza ( Portador )


La noche le pone trampas al aire
De mis bocanadas
Reconozco el juego,
El sortilegio recurrente que hace efecto
Según la dosis de ponzoña que me ofrezca.

Existe una bestia feroz
Encarnizada
Ingobernable.
Ella sabe bien donde golpear.
La quisiera lejos
Pero se aloja en mi sangre.

Recorro ciudades
Dentro de mi cráneo,
Me arrastro,
Por senderos olvidados y lugares
En los que tramaba viejos sueños;
Y de donde fui desalojado
Como un perro.

Esta noche todavía
Sigo siendo el mismo idiota
Y eso es algo.
Me pondré el disfraz de títere
Y haré mi show
Pronunciaré tu nombre
Mañana no sabré si estuviste ahí
No me importaría
Que se derrumben los telones entre llamas.

Telegrama


Hundido al Sur ( punto)
Tu pésimo consejo ( punto )
Abril cerrado por reparaciones ( punto )
Sol en posición fetal ( punto )
Mal mes ( punto )
Frío como gran puta muerta ( punto )
Infra-vacaciones acordes masoquismo ( punto )
Tres archipiélagos ( punto )
Cero habitantes ( punto )
No creo sonreir nunca más ( punto )
Si sobrevivo ( punto )
Por otro lado ( punto )
Inusual nostalgia ( punto )
El citröen de tu hermana ( punto )
El mejor lugar del mundo ( punto )
Para jugar con gillettes ( punto )
Mala suspensión ( punto )
Calles de tierra ( punto )
Cicatrices mejorando ( punto )
Según punto de vista ( punto )
Planeo venganza ( punto )
Más pronto que tarde ( punto)

Las doce


La serpiente te lo dijo
El veneno que tragaste, tormentosa,
Los segundos estirados de la noche
Te tocaron los tobillos,
Y al final te lo creíste,
No hubo un ángel susurrándote al oído
Y ese rey pequeño que adorabas
Te abandonó en la vigilia
Se llevó los violines del crepúsculo
A su propio paraíso.
La serpiente siempre dijo la verdad
El que desangró su vino en tus rincones
Fue el mismo perro que te mordió la mano,
Entre caricias y limosnas.
Tic.tac.tic.tac.tic.tac.

Abuela


La bruja se viste de novia
Con trapos de piso y alambres retorcidos.
La bruja gime arrullada entre amantes moribundos,
Y se revuelca en sábanas viejas
Que huelen a perro mojado.
Fantásmica.
La bruja guarda mundos amarillos como cartas,
zapatos de gamuza,
Una caja de música gastada
Y un enjambre de objetos sin nombre
Girando en torno a ella
Como planetas vacios.

14.3.06

Engranaje poético al estilo Li Tai Po


Soy el ojo espaltado de Timothy Dalton
la espada de Damocles en el culo de Dios.
¿Que se yo de las formas del Tao?
Me ahogué en una laguna alrededor del 700.

Soy un Elvis fantasma de crudeza rutilante
Mis hijos son bellacos, bastardos de Occidente.
¿Que se yo del vuelo de las grullas?
Morí ahogado alrededor del 700.

El imperio de la noche se sostiene
en las garras de las bestias que alimento.

Bajo el párpado del cielo habré llegado
a quemar tus cosechas en septiembre
y borracho de caña raptar a tus doncellas,
mi daga Tang irá más rápida que el viento,
si te paras en el medio
seré mil tigres combatiendo contra un perro.

¿Que se yo del arrullo de la lluvia?
¿Que se yo del cantar de los caminos?

Mi nombre está escondido en la batalla,
Soy Jhon Wayne y Marlon Brando,
Soy todo dientes sonriendo el espanto
en la mueca de cabezas amputadas.

¿Quien soy yo para frenar el mecanismo?
El Ki me lleva de la noche hacia la nada.

7.3.06

Run for ever


La imposibilidad de un hombre roto:
atravesar la membrana de los sueños.

Los secos paisajes que quedaron atrás
emergiendo.

Los puentes ardiendo en la retina
apenas un punto de humo que se esfuma.

Y entonces aprender a ver los pliegues
como el rey de todos los ciegos de todos los tiempos.

Todas las cosas inmóviles tiritan
en el mapa de la yema de los dedos.

Todas las cosas son costra y sutura.
Debo aprender de memoria la historia de mi cuerpo.

Ahogarme para ver el cielo
con el pánico abierto de la última vez.

Pájaros lentos cruzarán el sol
en un solo gritar de plumas de arena.

15.2.06

Mi cielo de agua


No conozco a ese alguien
enterrado en la carne negra del espacio,
oculto de todos y si mismo,
elucubrando,
deshaciendose,
ovillando.
Soy un hijo del río de aguas turbias,
me siento tranquilo
con mi nombre anciano a cuestas
en el borde del principio de las cosas.
Yo te dije,
somos pocos
cada uno de nosotros
perdidos, dando vueltas
sin llegar realmente a conocernos
del plexo para acá.
Y no era lo más triste
y si lo más hermoso
y entonces sonreíste.

20.1.06

Ambar y Serpiente


Quiero malnacer en ésta dirección,
en éste mundo abortado de todo lo que escribo
Donde no se han dictado las leyes todavía,
y animales duermen en cáscaras de relojes defectuosos.

Malnacer sin coordenadas.
Porque dentro de una jaula un hombre nace en otra cosa
Es una cascada, o es un cuenco vertiéndose en si mismo.

Balbucear mis biblias en otoños circulares.
Orillas donde el sol sea una pausa sin espejos,
La sola lágrima de un ser que ya no existe.

Yo he venido antes cargando mi cansancio,
antes cuando estuve más cansado,
Dejé cristales sucios flotando en la marea.

Visto lo que fue desde mi odio
por todo lo leve que haya sido,
encallecí.

Territorios colapsaron bajo el tacto del silencio.

Soy verdugo del peor pecado de mi alegría,
Lo que se mantiene en pie es lo que hoy te ama.

Venías y eso bastaba,
bastaba el absoluto universo, conspiraba
Para que detrás de mi córnea se construyan
pistas fabulosas, piedras esgrimidas desde el sueño
en el sabor de esa única palabra
que aquí dentro te nombra todavía.

28.12.05

Cuervo y Calabaza


Hoy me perdí al galope
Por campos incendiados y vacíos
Campos negros como sueños
Apretados en el puño de la noche

Hoy me perdí en el alarido
En el inválido tiempo
Mi piel cicatrizada y mi conciencia
Eran mancha furiosa a mis espaldas

Me perdí por esos valles de ceniza
Y entregue mi saliva y mi violencia
Al espolón de la rabia, se acercaba
La famélica jauría de la nada

Un viento seco me gemía obscenidades
Me hociqueaba el aliento
Me violaba
Yo flotaba por delante de la nausea

Venía en torbellinos la hojarasca
Y se hería de polvo y de pezuña
Dejaba atrás
Lo que hubiera sido
Un tendal de muertos en la huella
Nombrándome
Con las uñas clavadas en la tierra.

Contemplación de un cuerpo sin vida




Criatura seca,
Tu cuerpo es un barco varado en pastizales.
Meciéndose a lo lejos
Los que cantan tu lamento,
Son cadáveres de caña calcinados por el sol.

Criatura guiñapo de muerte feroz
Seres queridos te han llorado
Pero ya no se te nombra.

Tu cabello enredado a eternidades
Conspiración de la luz,
Corona de tréboles de viento.

A partir de hoy
Todas las horas serán hueso y mediodía
Te ofrendarás a la tierra
Sin saber nada más.
Y todo alrededor será sin sombra
Una voz , un intento
De abarcarte.

Criatura de polvo y podredumbre,
Inocente alma de mi alma.
Si las alas de Dios tuvieran fortaleza
Enviarían tempestades a buscarte.

6.12.05

Seco


Señores, hasta acá llegó mi amor,
ya he flotado entre el desvelo y el derrumbe
como para permitirme sonreir,
ahora soy una corteza
adherida a los carteles del silencio.

Señores, tengo frío
en noches claras me entremezclo
en las cortinas de niebla de la luna.

Nievo siempre, Señores
y aúllo al viento sobre todo
intento que éstas hojas me sepulten
con cierta alegría.

Quisiera decirles, también
de que manera mis muertos
me recuerdan.

Llueve hoy, Señores
y ya la noche se ha ido,
presiento que es muy tarde
para ensayar viejos trucos que me salven.

17.11.05

Digitálico roído


Se nos hizo tarde a la altura del llanto,
para entonces
el verano era un cadáver sin perdón,
un abismo húmedo de pájaros
y madejas de trenes remontando
sus hilos de saliva.

Entre sueños te veía
eras otra, ya sin mi, un espejismo,
el estandarte de todo lo perdido.

Y sin embargo yo entendía
en mi presente fugaz y trastocado,
cantaba atragantado tierra adentro,
espumarajos, caballos de madera,
te llamaba con ingrávidas palabras
más allá de las clepsidras y el ocaso.

Asi tracé tu nombre
en la espalda de los años,
te esperé en silencio, perpetuando
las largas horas lentas en la arena
que hundiste en mis pupilas.

Aprendí a ser sin mí, yo mismo.
Aprendí a ser sin vos, la nada.

5.11.05

David




Repetidos versos se alojan en la sombra
de palabras rotas.
Te lloré más tarde, claro
me pesó la amistad
cuando pude comprenderla.

Lo no pronunciado
dibujó después en la memoria
un juego de azar inexplicable.

Una losa o piedra o arco iris
algo que venía a buscarte
del otro lado de la noche
y te sentaste a esperar.
Dejaste allí tu cuerpo
para evitar que soñadores
se nutrieran de esperanza.

Tal vez tus huesos
y todo alrededor esté en silencio,
sumergido lejos y en libertad.

Se quién fuiste
yo quisiera que tu nombre
viaje ahora en mi poema.

Para Piti

2.11.05

Demonio de medianoche


A veces quisiera equilibrio en mis mundos
y no ésta psicótica huella
de hueso astillado y sonrisa.

Quisiera morir con los puños cerrados
y no ser un ovillo temblando
en el fondo del mar de la rabia.

Quisiera no hundirme en la espera,
escaparme del cuerpo
en sutil estratagema.

Quisiera sangrar, derramarme,
ser la ínfima gota del caos
brotando hacia afuera
entre lágrimas y abismos

Plantar mi semilla
en los confines mecánicos
del cielo y el infierno.

Pero siempre yo mismo.
El nadador de la córnea
en el ojo del dolor.

Pero siempre tan solo y vacío
Solo conmigo
(y ese otro yo mismo).

A veces estoy convencido
De estar encerrado en dos cuerpos
Enfermos de oírse en silencio.

A veces quisiera matarlo,
Y no ser un verdugo
detrás de un espejo.

28.10.05

La canción de Lilith


Virgen de maizales
Te he olvidado,
Arrancada en el crepúsculo
violada por eunucos.

Moribunda de Noviembre,
Una vez
Te dí el mapa de la noche
hueso seco enamorado.

Me hiciste espantapájaros,
alimento de las ratas
Cabalgando en el desierto.

No cuidaré de ti,
estoy perdido,
solamente el viento
me llama por mi nombre.

26.10.05

Ictericia en los filtros del mundo


Testigo petrificado en los vestigios de la alborada
implora trances a una luna hundida en mares ocres
la danza del viento insufla su lenguaje en cosas invisibles
se vale de hojas secas y de cañas, enormes caracoles
incrustados en las murallas del sol.

Sobre la arena del mundo la sombra
se extiende y parpadea,
mientras la marea despierta a sus criaturas.

Al sur despuntan estrellas,
vuelan pájaros negros en magia,
pensamientos,
naves migratorias del deseo.

Y un cuchillo pronuncia su canto en dirección al silencio.

Mas tarde la lluvia,
la ceniza cayendo,
los idolos de piedra
en las huellas del invierno.

21.10.05

El puente sobre el río Kwai


Me quedé con esa vieja sensación,
Inmóvil y callado hacia el final,
La película mental era un recurso
En el cual nadie mencionaba una palabra
Mientras el villano agonizaba entre festejos enemigos
Y estiraba los dedos a la audiencia,
Con un dramatismo inigualable.
Bah...
Después, el pianito triste
Y las luces repentinas que golpeaban las pupilas
Como boxeadores expertos.
Los espectadores, cobijados bajo el techo de mi cráneo
Se marchaban despacio a la velocidad de los títulos
Y una vez afuera entrecerraban sus ojos y encendían cigarrillos
Recelosos y mezquinos entre lluvias diferentes
Con los labios apretados
Me iban dejando solo en mi butaca,
Y yo los dejaba hacer,
Pues eran seres libres.

Anoche los imaginaba
Intentando ser felices en un mundo ficticio,
En la comedia cotidiana,
Cada cual en lo suyo
Conversando
Trivialidades de familia,
Afeitándose para ir a trabajar,
Criando hijos barones,
Haciendo negocios,
Manejando taxis,
Planeando rutinas,
Matanzas,
Vacaciones,
Riéndose o llorando
A causa de si mismos
O de otros,
Culpando,
Evadiéndose,
Aguantando,
Los mares de llanto,
La vergüenza,
El cansancio,
El fracaso,
La miseria.
Haciendo el amor,
Discutiendo por dinero,
Remendando medias,
Esperando colectivos,
o fortunas,
amantes,
Sentencias,
Consecuencias,
Rezando padrenuestros,
Tragando saliva,
Anudando corbatas,
Criticando a los vecinos,
masticando pollo,
festejando navidades,
Y haciendo regalos
Y brindando.

Intentaba imaginarlos
Hasta deshacerlos.

Artane



Patear la razón hasta abrirle la cabeza
Y bailar y bailar sobre el plástico ardiente
Hasta que todas las cosas giman y tiriten
Escupiendo el sonido de palabras moribundas.

Ülrica


Hubiera sido mejor abandonarte al sueño,
Descrearte de a poco en las marañas del presente,
O hundirte desde los tobillos,
Cuando me ahogaba,
trataba de ahogarte
En el torrente espeso de lo indecible.

Vagabas lejos, al azar,
Pero igual dolías
En cada poro
Y en cada minucioso intento.
Me dabas de lleno con sutiles artificios
Trocabas el valor del miedo
Por segundos resbalosos como peces.

Te diré,
Tuve bien presente tu ausencia de regalo,
Ese lindo rompecabezas del final,
Y sin embargo,
Tus pupilas como pozos fueron trampa
Tus pupilas desafiantes
De fiebres tropicales y rubíes,
El oro caótico, reflejo de pintas en tu pelo
Como si fueras el sol convertido en leopardo.

No te diré,
Que no lo vi venir,
Prefería andar vagando con tu doble
La que arranqué del anhelo,
Mi deseo nunca fue nacer de un beso
Sino entrechocarme entre tus íntimas moléculas
Estrellarme en tu rechazo, y en pedazos rotos
Caerme lloviznando en pétalos
Encima de ese mundo tuyo invadido de sequías.

Si alguna vez te digo
Que hasta ahora nada ha sido cierto
Estaré mintiéndote por última vez.

12.10.05

Percepción del Doll




Los tigres de hueso
tallados en mis pies,
y una breve descripción
de azar y consecuencia.

Aflorar de la locura:
Mirar con ojos como títeres en llamas,
mirar a dentelladas
el derrumbado día
y todo los relojes del infierno;
una sola estampida de murciélagos
huyendo hacia el ocaso.

Penetración:
Pulsación mamífera sanguínea,
siluetas enroscadas en alambre
oscilando.
Madriguera sin calor,
osamenta al viento con signos de tortura.

Magnetismo de la órbita de la tristeza:
Testigo lunar en crisis
repite el mantra de las eras,
observa el horizonte
una y otra vez.
Una y otra vez.

Canción del miedo y de las sombras:
Algo tiembla acurrucado
en todos los rincones de su nombre.
Algo acecha y olfatea,
Algo merodea.

Percepción imperfecta del Doll:
Dormido debajo de la lengua
sueña para siempre,
se retuerce en los espejos
en un millón de búsquedas,
en luces húmedas que ahogan
su propio milagro.

La más grande ironía:
Desde una alcantarilla,
Pájaros ciegos se alzan en vuelo.

31.8.05

Holocausto Light Box


Aquelarre de filet de merluza.
Cuando era chico
me tragaba las espinas del señor,
apenas masticaba
su carne blanca, insípida, sagrada
entre migas de pan y padrenuestros.

Aquelarre de brujas y lechuzas.
Me parece que también
por esos días
mi cabeza soñaba febril
con los mares de azufre, los tormentos
auspiciados por El Dante
"Ese loco marxista visionario".

( Tendría siete u ocho años
y estaba al borde del cadalso
de la primera comunión )

Aquelarre de viejas pesadillas.
Recuerdo a la madre superiora
que tanto nos odiaba,
y a esa otra enorme monja bruta,
inmaculada detrás de sus bigotes,
oliendo como tropas de sumerios
muertos por el sol.

Repetíamos en misa;
"En el nombre del Padre, del ajo
y del espíritu manco,
nos prohiben las blasfemias
y tocarnos ahí abajo".

Una vez se lo dije
a la hermana Catalina,
solo para verla santiguarse
con espanto
apostólico
romano.

Aquelarre de mugre en las rodillas,
terrenos baldíos, barriletes
y guerras de gillettes.
Una tarde invadimos el santuario
como negros demonios vengativos,
con un fuego en la mirada
escupimos, uno a uno en la pila bautismal.
-- Así se renuncia al paraíso --
Nos dijo entonces
la sangrienta cabeza de Jesús,
luego nos guiño el ojo
y suspiró
como si nada.

26.8.05

La borrachera láctea


El pucho encendido por el filtro
desde una sonrisa de vidrio,
veo pasar flotando por la calle
mi cabeza de globo aerostático.

Cinco minutos en babia
es demasiado tiempo,
perdido en el paisaje blanco,
un circo de neón intermitente.

En la fiesta,
antes del derrumbe
me miro mirarme los zapatos
dos caballos sucios, disecados.

Ginebra es la ciudad de cloroformo
donde la lengua es algodón
o algun batracio moribundo
cubierto de palabras.

Más tarde caeré por escaleras
con los ojos brillosos,
emocionado por el hecho,
directo al paraíso.

26.7.05

Borráte esa sonrisa, Gardelito


No estaría mal que un día
se quede atorado el sol
como un bollo de queso caliente
en la garganta del cielo,
y que en medio de la tarde
proliferen
mariposas tropicales, papagayos,
multitudes de bestias coloridas.
En el aire galopando los monzones
diluviando plumas y graznidos
por los techos de las casas,
los balcones.
Las antenas de tv saturadas de alimañas,
comadrejas masticándose los cables,
puercoespines provocando interferencias
en las emisiones del confort
de la hora pico.
No estaría nada mal que un día,
los tigres de bengala colapsen la avenida
entre taxis, jirafas
y hombres de negocio.
Que huracanes, terremotos
y avispas africanas
arrasen con las plazas,
los changuitos de bebé,
y los viejos colombófilos.
Que las bancas del Congreso
sean habitat de monos y caimanes.
Arruinada para siempre
la cosecha de turistas
la clásica postal de Bs As,
un Godzilla pugilista encaramado al obelisco.

15.7.05

El hombre de hojalata




1. Cabeza que sueña.

Vinicius despertó cerca de mediodía confundido y perplejo a causa de un mal presentimiento. Sus ojos buscaron erráticos en la penumbra de la habitación hasta que el recuerdo de la noche anterior se despegó de las imágenes que había soñado. Un escalofrío recorrió su espalda como un ciempiés frenético.
Habían sido pesadillas. Y de las buenas. De esas que uno desea que se esfumen lo más pronto posible. Se llevó una mano a la frente y se enjugó el sudor pensando que ciertos sueños deberían volverse insustanciales con los ojos abiertos. Pero aún así la última escena todavía se mantenía flotando, el espejo ondulante de un país sombrío, la persecución en cámara lenta, y después, de repente algo que era todo uñas y dientes le había saltado encima y lo había devorado salvajemente.
Se levantó del viejo sofá destartalado y apoyó el pie descalzo en un charco de vómito seco. La ginebra de mierda y sus souvenires, se le ocurrió que debería cambiar de hábitos en un tiempo prudencialmente corto. Entre puteadas, se las arregló para contorsionar su cuerpo dolorido y rescatar el paquete de cigarrillos de abajo del sofá. No podía calcular cuando había sido la última vez que había dormido una noche entera sin sobresaltos, sin despertarse sofocado por un grito, con el corazón desbocado y la mente convertida en una cacofonía de voces.
Fumó con la vista fija en las ventanas cerradas, tapiadas desde adentro para impedir que entrara la luz del sol.
Afuera, una estridencia de pájaros comenzaba a ponerlo de mal humor. Esos bichos de mierda parecían haber elegido el nogal de la entrada para ensayar su repertorio. A Vinicius le dieron ganas de salir a espantarlos a los gritos, pero le pareció una idea ridícula. Solo era un dolor de cabeza, una consecuencia de la resaca, nada más que eso. Hacia el oeste se escuchaban lejanos ladridos que de tanto en tanto eran contestados por el estruendoso vozarrón de Groucho, el San Bernardo grandulón y estúpido de su vecino.
Vinicius suspiró, imaginó el día brillante y caluroso que lo esperaría afuera en el caso de que se decidiera a salir, pensó en la luz blanca derritiéndose sobre las calles y las casas, la claridad hostil acechando sus torpes movimientos de fotofóbico. De pronto se sintió fatigado y el pensamiento recurrente se le pegó sin darle tiempo a rechazarlo. Al final, a pesar de si mismo, se había convertido en el adicto patético que su padre le había pronosticado años atrás. Una persona débil y sin voluntad, hamacándose siempre entre la tristeza y la autocompasión. Cada vez que caía en la cuenta del irremediable ser en que se había convertido se preguntaba por que había renunciado tan pronto al coraje de acabar con su vida. En el momento de elegir (cuando ignoraba que más adelante las decisiones serían cada vez más fugaces e inalcanzables) había creído en un desenlace diferente, un destino cargado de segundas oportunidades y ensoñaciones de compensación y confort. Bueno, era bastante gracioso; en las escasas encrucijadas drásticas de una vida, los idiotas solían apostar su alma al diablo a cambio de gloria y poder, y eso al menos tenía cierto sentido. Pero él ni siquiera había apostado, simplemente se había puesto a especular con la idea de hacerlo, hasta que fue tarde y el gran crupier cósmico dijo “no va más”.
Vinicius escupió en el piso mugriento y tosió una tos de perro. La habitación era un desastre. Le hubiera gustado recordar que había pasado entre esas cuatro paredes anoche, pero le dolía tanto la cabeza que cualquier esfuerzo por hacerlo le provocada puntadas en las sienes. Sabía que alguien había estado con él, alguien que se le antojaba conocido, un viejo amigo tal vez, pero quien?. Las caras se sucedían en su memoria sin que lograra identificarlas. Casi siempre se tornaban borrosas a las pocas horas de partir.
Se conformó con restarle importancia. Al carajo con la gente. Al carajo con los amigos. Al carajo con todo. El significado de los acontecimientos era una cuestión de valores asignados. Y había cosas en el mundo -determinadas y maravillosas cosas- que valían más que el mundo mismo. Estaba seguro.
Abrió el segundo cajón de una bamboleante mesita de luz en donde hacían equilibrio varias botellas y su rostro se iluminó.
Ahí estaba la respuesta.
Sostuvo la ampolla entre sus dedos y la observó a contraluz como si fuese el secreto mismo de la felicidad. De hecho había sido un período de espera insoportablemente largo ésta vez.
Vinicius sonrió.La mezcla que sostenía en la mano era la llave que lo trasportaría al otro lado del infierno. No al infierno de desesperación y angustia de su realidad personal, sino al infierno dulce, al infierno-paraíso, donde todo el sufrimiento de la tierra no era más que un minúsculo latido subterráneo.
Muchas veces había sido parte de aquel mundo paralelo, de aquel vacío blanco y cegador que lo envolvía como una gigantesca sábana. Generalmente no podía determinar si era él quien flotaba despojado de la materia en el inconmensurable paisaje blanco, o si era poseído por alguna entidad desconocida, algo así como un ángel protector que le arrojaba las sobras de aquellas soberbias sensaciones. Una vez había querido trasmitírselo a un amigo y se había frustrado en un laberinto de metáforas y ademanes de orador psicótico. Porque, ¿cómo se le explicaba a alguien lo que significaba ser un ente incorpóreo?¿Cómo se le hacía entender a un ateo la escencia de un milagro?. El privilegio de ser elevado a un estado de pureza que alcanzaba niveles superiores a lo humano. Pero a Vinicius le había llevado tiempo darse cuenta de que sus experiencias eran intransferibles. A veces tenía la necesidad de contarlo, por más que no lograra expresarlo dignamente. Había emergido en otros mundos y llevaba sus marcas, los colores y las formas surgiendo en oleadas tan cautivadoras y cargados de un misticismo tan profundo que no podía desprenderse de ellos ni siquiera cerrando los ojos, ni siquiera arrancándoselos. Era como si se filtraran a través de sus párpados y le hicieran cosquillas en los rincones más oscuros de su espíritu. Entonces era cierto, a fin de cuentas, algunos sueños no podían ser explicados. Y en cuanto a la otra cara de la moneda; por supuesto que conocía el infierno. Se habría cortado el brazo derecho sólo para permanecer ahí el mayor tiempo posible.
Vinicius volvió al sofá y escarbó detrás de los almohadones hasta que encontró la hipodérmica. Acto seguido escupió en el piso, lamió la aguja y se perforó una vena cubierta de llagas. Ni siquiera se tomó la molestia de hacerse un torniquete en el brazo. Empujó el émbolo de la jeringa como si de eso dependiera la continuidad del universo.
El fluído se precipitó por dentro como una jauría enloquecida. Sintió las llamas ardiendo en su sangre, el parpadeo veloz de su mente en repulsiva aceptación, las imágenes huyendo en pedazos como si la realidad fuese un espejo quebrado dejando ver entre sus grietas una nueva versión de la historia. Sintió su corazón convertido en un tambor demente, retumbando en sus oídos como cañonazos, hasta que cada latido fue tan ensordecedor que no pudo soportarlo.
Después ya no fueron sensaciones humanas.Vinicius abandonó la tierra acurrucado en un rincón mugroso de su habitación. Durante ese instante de agonía, el dolor fue inmenso y sus ojos permanecieron abiertos como platos. Un hilo de saliva cayó desde sus labios temblorosos formando un charco en el piso de madera. Antes de desaparecer para siempre, un último pensamiento cobró forma en el espacio colapsado de su mente:
¡Bierce! Bierce había estado anoche contándole otra de sus historias enroscadas. Bierce y toda su esquizofrenia a cuestas, Bierce y sus extravagantes condiciones. Y después, una vez aceptado el trato, el hijo de puta había torcido la cara en una de sus típicas sonrisas de tiburón antes de asegurarle que esa heroína era lo mejor de este mundo y el otro.



2. Limbo y pasadizo; Vinicius cayendo en la espiral.

...Sin el don de la palabra. Una simple acumulación de datos y estímulos. Sin conciencia del cuando ni del donde. Chispas de rojo encendido como pequeñas estrellas girando y arremolinándose sobre un fondo negro.
Vinicius caía, y en el medio del caos y la confusión había algo que limitaba a duras penas con un estado de lucidez palpable. Un parpadeo débil que se propagaba despacio pero inexorablemente, envolviéndolo todo en abstracciones de luz y oscuridad.
Tiempo?
La oscuridad-luz transformándose en tiempo?
No lo supo bien, pero de alguna vaga manera acarició la certeza de que el verdadero concepto del Gran Dios/Cosmos giraba en torno a la palabra tiempo.
Retuvo una visión confusa y quebradiza de dos columnas de niebla y fuego entrelazándose en espiral hacia la nada. Una espiral que era inmensa y lo abarcaba todo. Una espiral que era el pasado y el futuro uniéndose en la intersección de su conciencia.
Vinicius estaba en la espiral. Y dentro de esa tromba comenzaron a llegarle sensaciones que poco a poco fueron traduciéndose como si fuera un alfabeto Braile.
Entendió que no estaba solo. Paradójicamente, él estaba dentro de la espiral y la espiral estaba dentro suyo, en una comunión íntima de dimensiones inabarcables. Vinicius podía sentir la presencia de otros, de millones, de infinitos otros dentro y fuera de su ingrávido ser.
No era fácil de precisar. Un hormigueo eléctrico que era al mismo tiempo tranquilizador e inquietante. Los otros estaban tratando de comunicarse, diminutos estímulos le decían que había algo importante que comprender. Hablaban por medio de un lenguaje antiguo y primitivo, como el lenguaje de la sangre de un instinto animal. Era también la voz de constelaciones ancestrales. La voz salitrosa de todos los océanos de todos los mundos. La voz de civilizaciones que habían sido olvidadas por otras civilizaciones también olvidadas.
La voz lo estaba invitando a unirse.
La voz lo llamaba.
Vinicius se sintió en éxtasis. Palpó la eternidad como si fuera un átomo dentro de una madeja de vitalidad y significado. Arrastrado por una marea colosal, se dejó llevar sin oponer resistencia.
Acercándose.
Acercándose.
Y entonces sucedió algo espantoso.
La marea que lo llevaba cambió de dirección y se encrespó. La voz se convirtió en un sonido menguante, un silbido que se enroscó en si mismo hasta extinguirse por completo, dejando en su lugar un vacío que era el súmun de todas las aberraciones.
Vinicius no pudo gritar.
La espiral lo rechazó y lo escupió hacia una oscuridad cargada de pesadillas.
Y esta vez la caída fue vertiginosa.
Tal vez fueron fracciones de segundo o tal vez fueron miles de años, pero Vinicius se retorció como una larva a lo largo de todo el descenso.
Hasta que la oscuridad dio paso al entendimiento. Y la inconsistencia se convirtió de nuevo en carne. Al principio sus sentidos se negaron a aceptarlo.
Entonces el alarido surgió como un borbotón de horror negro y espeso.
Vinicius había llegado a un lugar sin nombre.
Vinicius había llegado a un lugar que superaba todo lo que había creído que un infierno le podía ofrecer a su huésped.

11.7.05

Amordazado


Yo no se si mis plegarias
Aprendieron a no devorarme,
Perdí el control de la noche relatada,
La noche azul hambrienta.
Algo no dejó que mis palabras lo dijesen.

Solar


Tengo los ojos llenos
De amaneceres picoteados
Por los pájaros muertos del insomnio.

Tengo la luna y tengo
El hueso errante de la noche
Atragantado en la ventana de mis sueños.

La mañana es orilla distante
De una tierra extraña y luminosa.

La X profunda




Tendré que desatar estas palabras
Antes de que el fuego las consuma
Y mi rechazo las alcance
En el olvido.

Tendré que liberar algunos nudos
Y dar un paso al frente
Y entrar al laberinto
De espaldas a la luz.

Y sangrar por las incógnitas
Por no saber nada,
Por tanto encierro,
Por tantas puertas cerradas desde adentro.

Tendré que desatar estas palabras
O dejar que me devoren…
“Cuando a veces es siempre
Solo tengo silencio,
Y el silencio es tan mío
Que no podría arrancarlo de mi piel
Sin despellejarme vivo”

“Y es probable que yo sea ese silencio
Que quiebra las sonrisas,
Nutriéndose a si mismo
De fantasmas agrietados y espejismos”

“Me muevo momentáneamente herido
Y perdurablemente sordo
Entre el día y la noche
Que me habitan.
Estoy cansado ya
De esquivar espinas y sonidos”

He decidido al fin
Que el tiempo no module mi arrogancia
Ni desaliente mi temor
Creo que esta bien así.

Cuando a veces es hoy
También tengo palabras
Que arranco de mi pecho como bestias
Y sepulto en el papel vacío,
Como para saber algo de mí
Desesperadamente.

Explota el sol


Te pronuncio aullando luz
Para darte propósito y destino
En el rumbo de mis versos.

Te pronuncio en el intento
De abarcarte en número y espina
En la medida exacta en que la lluvia
Desdibuja el viento en las esquinas.

En tus manos abiertas va la ofrenda
Del valor que necesito
Para ser consuelo y recompensa.

Siempre fuiste ese lugar
En donde explota el sol
Y todos los planetas moribundos
Se refugian en mi espíritu dormido.

Y si te beso, brillo
Como un faro de océanos furiosos
Clamando el retorno de sus naves.

Si te beso me sucede
Que orbitan las visiones
Y aún así
Entre los pliegues del sueño y la vigilia
Sos presente.

Cuando te pienso lejos
Mi cabeza se hunde como un barco
En los relojes del llanto.

Y me pierdo en los minutos
En la dulce intersección
Del dolor ingenuo
Y la esperanza.

Te sostengo leve
Tu imagen duerme ahora
Hamacándose al son de mis pestañas.

6.7.05

Salmo II


En el transcurso
El tiempo se ha echado como un perro moribundo
Nosotros, que fuimos estirpe,
Mañana no seremos más que sal y viento,
Briznas de una raza en partículas de arena
No contábamos con ello
Recorríamos la tierra, ilusos, esperando
Maravillas, pesadillas, redenciones
Por los países de cal entretejiendo
Las historias las canciones los imperios
Todo nudillos y gargantas
Librando batallas, recogiendo
Las migajas de dioses derrotados,
Espectros colosales escondidos
En las montañas del cielo.
Mendigábamos amor
Y éramos quebranto de llagas y esperanza.

4.7.05

Humedecido por el odio


Que trepe a dentelladas desde el fondo de su fosa
Y que baile poseído como un títere maléfico,
Deberá cubrirnos con el manto de su sombra
Y arrullarnos con las voces de los muertos conocidos.
Entonces solo así lo adoraremos.

Que trace en nuestros sueños el mapa del infierno
Los lugares de la infancia del color de la miseria
El páramo ultrajado de un pasado entre alaridos,
Deberá ser obra suya, demencial, alucinada.
Entonces solo así lo adoraremos.

Que nos haga pérfidos, sensuales, voluptuosos,
Que nos arranque piedras en vez de corazones,
Deberá echarnos a la suerte de las bestias
Cuando acabe de saciar su religión en nuestra carne.
Entonces solo así lo adoraremos.

Que nazca al mundo con destino de grandeza,
Que traiga un deseo rabioso como el hambre
De quebrar de una patada el cielo horrendo,
A las innúmeras estrellas consagradas en su bóveda,
Extinguirlas, apagarlas, sofocarlas,
Con el fin de cegarnos para siempre a la belleza.

Entonces solo así lo adoraremos,
Repetiremos en su nombre los pasos del otoño
El barro de la angustia en las almohadas
La noche derramada en las sonrisas,
El trágico fervor de no ser nada.

1.7.05

Hervidero



Ya no soy más
Ya no soy
Necrofeto sonriente de pena
O el fantasma de las hojas rotas
Ellos lloraban demasiado,
Lloraban y lloraban
De noche eran manos diminutas
Trepando por mis sábanas
para arañar mi cara,
Y hablarme del miedo
Con sus vocecitas de cerámica quebrada.
Pero ya no soy ellos
Ya no soy,
No más.

Los he hundido en un pozo bien oscuro
Atados con un alambre viejo
Y enredados en cabello y piel
Con las bocas cosidas
Y sin ojos.

Mi Doll me dijo que estaba bien así,
Mi Doll de huesos amarillos.

Mi Doll me dijo un día:
Las nubes son negras y giran locas
En el cielo de mi sueño,
Las nubes están vivas y están locas
Revolcándose en el cielo de mi sueño
Y el infierno está lleno de muertos
Que no saben donde ir.

Mi Doll me dijo
Que ya no soy más,
El fantasma de las hojas rotas
Que se ahogó en el fondo del pozo.
Ya no más
Pequeño necrofeto sonriente de llanto
Escondido en las paredes podridas,
Ya no.

Nido de ciempiés,
Debajo de una piedra.
O profundo en el oído.
Pero ya no.

30.6.05

Pequeñas historias de Green Valley ( Parte I )


(Un pequeño paso para el hombre...)

Como un Cristo moderno,
Un astronauta con su traje apolillado cuelga de la cruz,
La cabeza se ha caído hacia el lado izquierdo,
Y el viento le arranca silbidos,
(Hemos de suponer que el pobre infeliz ya se ha muerto)
En el brillo negro del casco resalta como nácar la bandera americana,
Y en el visor espejado se refleja un sol en plena fuga hacia el atardecer.
Desde lejos, androides romanos lo observan todo en un silencio incómodo.

Piedra y Orquídea


Lo prometo,
No repetiremos las certezas,
Cuando el crepúsculo casual
Nos deje el rol de víctimas,
Seremos huesos o cenizas,
Perpetuos,
Ciegos,
Y abrazados en la muerte.
De tanto ser dos,
Seremos uno.

Promételo,
No revelaremos nuestros sueños,
Prolongaremos el secreto,
Seremos amantes de siluetas invisibles,
Rendidos a otras lunas en el cielo.
Y la sombra volverá a cubrir la piedra,
Y la noche será negra como un pétalo
Sobre nuestras tumbas vacías.

20.6.05

Proclamación de los huesos



Te silencias con certeza de suicida
pero liberas un animal ruidoso
la mano que empuña tus recuerdos
contra el papel, la madrugada
y todo lo que sigue
oculto en la sombra de tu insomnio.

Te arrepientes sabiendo que lo dicho
podría ser utilizado en tu exorcismo,
pero lo peor no es eso,
lo peor es levantar la sábana
y no encontrar ningún cadáver
y que todo marche bien
y despertar a los gritos.

No quieres paz,
estas acurrucado en un rincón
en mitad de agónicos minutos,
podría haber un vértigo monstruoso
de recuperar el equilibrio
a estas alturas.

Te preguntas por que caes
con los pies sobre la tierra,
cuando lo único que quieres es volar lejos.
Y el espejo todavía cuenta con tu rostro
y la almohada todavía carga con tu historia.

Hubo un día en que mataste con un gesto
al ladrón de tu memoria
y no solo conseguiste los paisajes...
En algún lugar
el niño que fuiste
está desnudo y llora
por la verguenza de un secreto.

Infernalia roja se interna en el cuerpo destrozado de cenicienta


Ambarina ha cambiado de nombre
Ya no puedo pronunciarlo
Ella evoluciona según sus propios códigos
Y prefiere la criptología mutante del amor
Porque esa es la única forma
De vengarse del pasado.
Ambarina ha cambiado de rostro
No logro verla ya
Al menos no como era antes
Detrás de sus huellas ha dejado
Un débil rastro de cobalto
Y lobos malheridos.
Ambarina ha mudado la piel,
La serpiente lunar me contempla
Desde la negra orilla de un abismo.

Liquid Funeral (Valium Goya)


Los zancudos caminan una playa
Cubierta de vidrios rotos y huesos de pescado.

Los zancudos vienen secos, abismados
En sus brazos negros cargan
Llantos, llagas, perdiciones.

En sus brazos de tormenta gimen leones
Los grises ancianos del sudeste
Entonan letanías
Fúnebres canciones de algodón y desconsuelo.

Porque el niño amarillo agoniza.
y porque pronto será muerte y bienvenida
La tierra que duerme
No sabrá las razones del otoño.

Su cabeza cuelga sobre en el agua
Se tambalea al son de viejas lenguas
Hechizos de pluma y de ceniza.

Y flotan por el aire las palabras, las gaviotas
Renombran un sonido de tristezas
del que brotan lágrimas y perlas
y naves
y cometas.

Algodón mojado en las nubes del cielo.
La madrecita canta y se cose la piel,
Entona un lamento y llora o se ríe,
Y mientras canta se cose la piel.

Allá lejos, vive sombra quieta, que los mira
Observa en su silencio pensativa
La negrura
Parece hamacarse como un cuervo en el maíz.

Estrellas tiemblan como luces tristes
La noche gira por encima de arrecifes
Amanece lluvia sobre fósiles de piedra.

Los zancudos emprenden el retorno.
Hundido entre corales
El niño amarillo se deshace en el mar.

Piedra, papel y tijera


Yo no soy el testigo de los Diablos mal nacidos,
Ni el profeta de los Dioses mal paridos,
Me llevaron lejos,
Y cuando te perdí lloré como un chico,
Lejos de mi centro vital
( Mi primer noche fuera del vientre).

A veces se ve más gris
Con los ojos cerrados.

No me creo la gran cosa,
Pero es lo único que hay
Bajo éste cielo adolescente,
Me herían tus ojos
Verde Camboya.

Yo me muevo poco,
Porque creo en el vino,
Y en la astucia
Que desertó a tiempo,
pobrecita.

Me gustaba jugar,
A esconderme lejos,
Y dejar a cargo al personaje.
Me masturbaba con la mano del poeta,
Que me creía que era
Ahora se mudó a vivir con ella,
La chica del pasado,
Y me dejó intentando disimular
Estos versos que escribo,
Cómo si fuera el mismo tipo.

A veces se ve más gris
Con los ojos cerrados.

16.6.05

Hojaldre


No quiero otra vez un ejército de mocos
Ni verme disminuido de cabeza al suelo
Cazando cucarachas panza abajo
O tomando la leche en el patio de la abuela
No quiero otra vez las rodillas raspadas
Ni siquiera para ver mejor un espacio gris plateado
En la superficie de un pequeñísimo país garabato
Donde yo mismo, claro,
Pero de crayones y ojitos de cartón.

Wayne Gacy S.A


El sol abriendo tajos a golpe de escalpelo,
Sobre un mundo mordido,
Ocre se derrumba un Dios anciano
Y roto
Y oxidado.
Cuando empieza el día,
Algo muerto apesta,
Inmóvil,
Cubierto de hojas secas y de insectos.
Cuando termina el día,
Algo ahogado en la laguna,
Flota a la deriva,
Boca abajo.
El sol es un cadáver y se ríe de nosotros,
Gira lento como en una pesadilla,
Y nos muestra la cara.
Un payaso de mierda,
Vencido sobre sus goznes.

Grávido en mitad humana


Aborrecería liberarte,
Si lo hiciese no sería más que una espuma de resacas,
Un despojo arropado con trapos en la noche,
Un ovillo, una cáscara, un perro
Forzado a sonreir entre idiotas.
Yo limito mi verdad y mi silencio,
Y buscaré el día en que cobre sentido
Esta merecida sed de fricción y batalla,
La violencia necesaria y la palabra,
Para quebrarme los nudillos en tu puerta.

Hasta entonces cargaré con la vergüenza
De no saber quien fue la víctima
Y un destino nublado a carcajadas
Por las desgracias del tiempo,
Me esconderé a tu paso,
No sabrás quien sale a tus espaldas
Callando sus gritos como un animal,
No verás las grietas
De un insomnio largamente masticado.

Cuando se apaguen las luces
Acostaré un cadáver en mi cama,
Cerraré los ojos
Y esperaré.

15.6.05

Ocularis lupus


Heme aquí,
De piel y hueso,
Un roto anciano ensimismado,
Asomándose al pasado
Como quien se asoma a un precipicio.

Heme aquí,
Un sauce viejo
Un hombre gris gastado seco
Que escribe en el cansancio
Y llora recuerdos sobre el agua.

Se apaga


Ya no juega no contempla,
no sonríe,
su tren partió hace tiempo.

No se pregunta por qué
alcanza las estrellas y las deja
sumergirse en su plexo
como espinas extraviadas.

No busca el refugio articulado
permite que el silencio
se haga cargo.

Su voz es la mirada,
es el sonido del mar a medianoche
y un barco solitario.

Ni siquiera es víctima
de lo inevitable.

Un puño cerrado que golpea
el aire viciado de la tarde
no puede disipar los fantasmas
que ultrajaron sus recuerdos.

Su copa está cargada
de presagios infalibles.

Y cierra todas las ventanas
y no le escribe a nadie,
nada.

Dulcemente oprime el gatillo.
(Caballos de fuego lo atraviezan todo)

Cría ojos y te arrancaran los cuervos


Bronco toro rompe su cresta en mi ola cabeza
Me ofrece su enésimo choque de luz iridiscente
Donde me arrojo y me violento
Me absuelvo por sus actos.
Él saliva sueños beta en las pestañas del sol
Y eyacula en gris acero para morir mis palabras.

Confucio es un pájaro de líquido podrido
Que adueña desiertos con su lengua
Extiende las alas y se bambolea
Más allá de los tambores de la guerra.

Él desgrana fetos de maíz en la bandeja
En la cúpula cintura
De las muertas vaginas del terror.

Esperando Con un pie en la losa de mi tumba
Mi diablo dios aúlla canciones de cuna
En el idioma de las brujas.

Su endiablada dulzura se mueve en el aire,
Su voz sarnosa de coyotes y lechuzas.

En un campo de pasto oxidado
Confucio emperador espanta cuervos
Cruje en terremotos colosales
Y enajena la tierra a zancadas
Como una alfombra polvorienta.

Su parte de arriba es una bolsa rota
Y sonríe mercurio a traves de los agujeros,
Confucio ha raptado a mis hijas
Con juguetes y poesías
Y cosas con olor a caramelo,
Las ha desgarrado de vergüenza
En su madriguera.

Su dulzura se huele en el aire, todavía,
Su voz sarnosa de coyotes y lechuzas.

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